sábado, 13 de junio de 2009

Regreso a la patria.

A tu mirada, de alboradas fugaces y ocasos alados y noches eternas;

a tu frente,

claridad de oro que salpica los bordes del horizonte;

a tu boca, el viento que da vida a mis pulmones, la sangre que navega mi corazón;

a tu pelo, que juega a trenzarse de luces y sombras en lejanías viajeras;

a tu agua sagrada, que bebo en el cáliz de tu boca: la hidromiel de tu saliva, de tus lágrimas, de los secretos hontanares;

a tu carne, rendido ante el hambre de inmortalidad,

comulgo con la hostia de tus senos, de tu vientre, de tus piernas;

el torrente que me arrastra más allá de las constelaciones que coronan mis lúgubres soledades,

a tu espíritu, origen de la sabiduría anterior al pecado de la pena de perderte: el árbol del fruto permitido, que no castiga, ni expulsa; que permite regresar a mi tierra, a mi amada, a mi cierta Patria.

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