Crítica a la falta de crítica educacional.
Durante el período de las vacaciones, que ya se avecina, en nuestro país de singulares contrastes, paradojas y contradicciones en todo orden de cosas- los canales de televisión, por ejemplo, se dedican, generosamente, a exhibir traseros y tetas hasta la saciedad, como una forma de fomentar el “turismo”- pareciera que nadie se ocupa del funcionamiento del subsistema escolar, cuya crisis es más que evidente, y que nuevamente ha quedado de manifiesto en los resultados de la PSU.
Así, resulta increíble que, en un tema de importancia más que crucial, y con la cual los medios nos bombardearan con noticias durante todo el año pasado: no haya pronunciamientos, ni análisis ni conclusiones sobre dicha problemática.
Deseo profundizar, para tratar de explicar algunas causas que dan cuenta de la crisis de la educación; aunque reconozco de antemano la imposibilidad de agotar el hontanar que es en sí y por sí:
1-Para hacer que la educación mejore y se modernice, es, totalmente, imprescindible que quienes tienen la obligación de dirigir el país, tomen de conciencia de que debe ser declarada y considerada prioridad uno, a la par que otras materias sociales como la salud. Así es una obviedad que debe darse un incremento significativo en los salarios, para que una persona pueda trabajar con dignidad, motivación especial, espíritu de compromiso y entregar todo su potencial, en el cumplimiento de sus obligaciones. En todo caso, cabe señalar que: a pesar de lo irrisorio que resultan las remuneraciones del profesorado, tengo la certeza de que- si bien no es la causa primera de la postración y mediocridad extrema de la educación municipal, influye en cuanto aborta vocaciones y proyectos-la inmensa mayoría trabaja con el compromiso de su ser, en educar.
Ello, ha de acompañarse con el inaplazable cambio del estatuto docente, en el entendido que nadie puede ni debe tener su puesto de trabajo, a perpetuidad, si es incompetente y no produce nada-bajo el presupuesto de que el parámetro con que la ha de medir, no es ni puede ser el mismo baremo con que se evalúa la producción y rentabilidad de cualquier industria-; ya que no es aceptable que conforme una atadura para los administradores de la educación, quienes son los llamados a obtener los logros de excelencia que el país espera y demanda, con el concurso de los mejores elementos consagrados a ello, en un marco legal objetivo, que no permita los atropellos ni las arbitrariedades de parte de los jefes hacia el personal. En términos directos, estoy hablando de acabar con la imposibilidad de despedir a un educador, salvo que cometa un crimen, o una grave omisión en sus quehaceres: ¡Es un imperativo terminar con tal inamovilidad!.
2-Desde otra perspectiva, cabe afirmar que: la educación refleja las graves diferencia sociales que afectan a nuestra sociedad; ya que es más factible que un egresado de un establecimiento de educación municipal, termine su vida, desempeñando funciones que corresponden a un oficio menor, que tenga la coyuntura de llegar a convertirse en un profesional o técnico superior. Como educador del ámbito municipal, tengo la experiencia directa y fresca- dolorosa y sobrecogedora- de haber visto cómo una infinidad de jóvenes y jovencitas que han egresado de la enseñanza media, con el corazón y el espíritu pletóricos de ilusiones, se han insertado en el mundo laboral, en condiciones bastante adversas, sin esperanzas de mirar hacia otros horizontes.
De algún modo, opera una economía y una política inexorables, que no permite ni tolera variaciones que alteren las estructuras de la sociedad; pues grados más, grados menos, el hijo tenderá a reproducir las condiciones sociales y culturales, en cuyo seno creció y fue formado. Así, es casi imposible, por lógica, que un hijo de un obrero llegue a ser gerente de una empresa de prestigio. Por ello, resulta absurdo y estúpido el aviso comercial de cierta casa de estudios superiores, que envía el siguiente mensaje: que si uno ingresa a ella, tiene o tendrá la oportunidad de convertirse en gerente.
3-Por último, y en una dimensión no menos dramática y perturbadora, hago un emplazamiento a las personas, en función de que: piensen si es factible pedir a un muchacho o una muchacha que estudie y obtenga buenos rendimientos, siendo que su familia tiene un nivel de ingresos, que oscila entre los 100.000 y 200.000 pesos, aunque puede ser más bajo- al momento de matricular, he constatado que es una realidad, que acontece con mayor frecuencia de la que uno se imagina-; cuyos padres se encuentran ausentes, ya sea por la necesidad apremiante de tener que ganar los recursos indispensables para vivir, ya por la circunstancia de que uno de ellos o los dos se han involucrado en líos con la justicia, y se hayan privados de libertad; o que se ha dado el abandono del hogar por parte del hombre, o que se trata de una madre soltera que, en forma abnegada y noble, intenta sacar adelante a su progenie, en medio de la pobreza económica más palmaria, con todas las nefastas consecuencias sociales y psicológicas que redundan de ello, en desmedro del desarrollo del adolescente; cuya casa, carece del espacio suficiente, para generar la intimidad para ese humano, para que la dignidad y el respeto, enmarquen la maduración de su personalidad; sin recursos culturales como libros, y sin los modelos y pautas a seguir que pudieran llevar al entendimiento de la relevancia fundamental de estudiar; agravado ello por cuanto se ha perdido la dinámica de movilidad social, que hacía ver en la educación una oportunidad de ascenso social, de progreso y modernización. Lo que la minoría logra, en un medio tan adverso, es una proeza digna de Hércules.
jueves, 25 de diciembre de 2008
sábado, 13 de diciembre de 2008
Mi opinión.
Se trata de un problema peliagudo, con diversas aristas, alcances e implicaciones de carácter filosófico. Por ende, amerita, por decir lo menos, un libro, no un opúsculo.
A pesar de la anterior prevención, me atrevo a esbozar una crítica: Así, llama poderosamente la atención como las personas se encierran en su opinión, entendida como un juicio sobre una materia determinada, no sólo como si fuera una camisa de fuerza; sino como si fuese una prisión para su entendimiento; de hecho, no les preocupa someter a un escrutinio de la razón y la lógica a la misma; tampoco, aquilatar el grado de verdad, que puede comportar. Nada interesa más que defender su particular punto de vista, por mucho que se aleje de las normas del funcionamiento y la economía de una mente cultivada.
Es más, cuando alguien comete la imprudencia de poner de manifiesto alguna imperfección de su razonamiento, se pone a la defensiva, como si hubiera sido atacado en lo más sagrado y santo: “sus ideas”; que más bien debiéramos llamar ideas ídolo, que son producto de una percepción inmadura, insuficiente o errada de la realidad; y que ha pretendido absolutizar, para darles validez definitiva, firme, sin duda, ni contradicción…Pero basta observar con atención, para percatarse de las fisuras de la base: prejuicios, tópicos, clichés, absurdos convencionalismos, que no resisten airosos el escudriñamiento que se pueda realizar.
Tal vez el afán de aferrase a “mi opinión”, responde a la necesidad e imperativo de tener un punto fijo y un marco de referencia permanente en el devenir del tiempo, y de orientación en el universo; y así no quedar desnudo de este ropaje que nos proporciona la sociedad y la cultura que nos albergan.
Pero detrás de esta puesta en escena, hay un miedo cerval, respecto de deber desarrollar un pensamiento personal; y el subsecuente fracaso ante la suprema tarea: el desafío de vivir, desde el abordaje singular, único, e irrepetible. Aunque nadie puede hacer tabla rasa, por completo, de sus condicionamientos y determinaciones de su ethos e idiosincrasia, si puede trascender con el poder de la interrogación, y del avance progresivo en el camino de la búsqueda de la verdad; empresa a la cual, la mayoría renuncia, incluso, antes de acometerla.
Dentro de este misma criterio, cabe plantearse: ¿Cuántas veces la gente asume como ataque aleve y motivo de angustia que alguien enfrente sus ideas?; y ¿ con cuánta saña y rencor reaccionan contra quien anhela aportar al develamiento de la verdad?...¿Cuántos profetas, iluminados, mesías, místicos, revolucionarios, filósofos, poetas, pintores, artistas en general, a lo largo de la historia; y la raza de hombres que cobijan en su espíritu la chispa divina- y que no están dispuestos a permitir que se extinga- han sido sometidos al ostracismo y al martirio, por proclamar el advenimiento del Espíritu, el rescate de lo Absoluto desde el pan cotidiano hasta una suprema obra de la naturaleza, de la creatividad humana?.
Es, por tanto, imprescindible actualizar una de las dimensiones de la libertad del ser humano, que le permite erigirse sobre las muletas y aparatos ortopédicos, con que la sociedad de masas, intenta neutralizar la existencia como arte y como encrucijada en aras del cumplimiento del propio destino; y, por el contrario, reproducir, mecánicamente, las estructuras que indican: qué, cómo, cuándo y en qué términos se debe pensar; y no más allá de los límites permitidos, ya que se amenaza con el ácido corrosivo de la crítica la autocomplacencia de los amos; y, como contrapunto, se pone en solfa la ignorancia y la misma la cerrazón y uniformidad de la grey, a la usanza de la genial película “Tiempos Modernos”.
Se trata de un problema peliagudo, con diversas aristas, alcances e implicaciones de carácter filosófico. Por ende, amerita, por decir lo menos, un libro, no un opúsculo.
A pesar de la anterior prevención, me atrevo a esbozar una crítica: Así, llama poderosamente la atención como las personas se encierran en su opinión, entendida como un juicio sobre una materia determinada, no sólo como si fuera una camisa de fuerza; sino como si fuese una prisión para su entendimiento; de hecho, no les preocupa someter a un escrutinio de la razón y la lógica a la misma; tampoco, aquilatar el grado de verdad, que puede comportar. Nada interesa más que defender su particular punto de vista, por mucho que se aleje de las normas del funcionamiento y la economía de una mente cultivada.
Es más, cuando alguien comete la imprudencia de poner de manifiesto alguna imperfección de su razonamiento, se pone a la defensiva, como si hubiera sido atacado en lo más sagrado y santo: “sus ideas”; que más bien debiéramos llamar ideas ídolo, que son producto de una percepción inmadura, insuficiente o errada de la realidad; y que ha pretendido absolutizar, para darles validez definitiva, firme, sin duda, ni contradicción…Pero basta observar con atención, para percatarse de las fisuras de la base: prejuicios, tópicos, clichés, absurdos convencionalismos, que no resisten airosos el escudriñamiento que se pueda realizar.
Tal vez el afán de aferrase a “mi opinión”, responde a la necesidad e imperativo de tener un punto fijo y un marco de referencia permanente en el devenir del tiempo, y de orientación en el universo; y así no quedar desnudo de este ropaje que nos proporciona la sociedad y la cultura que nos albergan.
Pero detrás de esta puesta en escena, hay un miedo cerval, respecto de deber desarrollar un pensamiento personal; y el subsecuente fracaso ante la suprema tarea: el desafío de vivir, desde el abordaje singular, único, e irrepetible. Aunque nadie puede hacer tabla rasa, por completo, de sus condicionamientos y determinaciones de su ethos e idiosincrasia, si puede trascender con el poder de la interrogación, y del avance progresivo en el camino de la búsqueda de la verdad; empresa a la cual, la mayoría renuncia, incluso, antes de acometerla.
Dentro de este misma criterio, cabe plantearse: ¿Cuántas veces la gente asume como ataque aleve y motivo de angustia que alguien enfrente sus ideas?; y ¿ con cuánta saña y rencor reaccionan contra quien anhela aportar al develamiento de la verdad?...¿Cuántos profetas, iluminados, mesías, místicos, revolucionarios, filósofos, poetas, pintores, artistas en general, a lo largo de la historia; y la raza de hombres que cobijan en su espíritu la chispa divina- y que no están dispuestos a permitir que se extinga- han sido sometidos al ostracismo y al martirio, por proclamar el advenimiento del Espíritu, el rescate de lo Absoluto desde el pan cotidiano hasta una suprema obra de la naturaleza, de la creatividad humana?.
Es, por tanto, imprescindible actualizar una de las dimensiones de la libertad del ser humano, que le permite erigirse sobre las muletas y aparatos ortopédicos, con que la sociedad de masas, intenta neutralizar la existencia como arte y como encrucijada en aras del cumplimiento del propio destino; y, por el contrario, reproducir, mecánicamente, las estructuras que indican: qué, cómo, cuándo y en qué términos se debe pensar; y no más allá de los límites permitidos, ya que se amenaza con el ácido corrosivo de la crítica la autocomplacencia de los amos; y, como contrapunto, se pone en solfa la ignorancia y la misma la cerrazón y uniformidad de la grey, a la usanza de la genial película “Tiempos Modernos”.
jueves, 11 de diciembre de 2008
Señor Director:
La sociedad actual, ante los ojos de los vencederos y de aquellos que- parafraseando a Gandalf- tienen su mente destronada, aparece como definitiva e incuestionable, desde todo punto de vista.
Como corolario, la ideología que la sustenta, muestra un carácter racional, lógico, real y natural, de manera que una idea ha sido hipostasiada; es decir, trasformada en un absoluto- de suyo con minúscula-, al servicio de las fuerzas que dominan y señorean este tiempo.
Entonces, no debe extrañar que: cualquier intento por poner en tela de juicio y desmenuzar la arquitectura de esta etapa, y del proceso global que se vive, es denunciado como la desesperación por revivir un cadáver: la otra ideología, o también otros meta relatos, que fueron derrotados y barridos por el arrollador triunfo del neoliberalismo.
Pues bien, para cantar a los cuatro vientos, con toda la pompa y vanagloria inimaginables, se ha erigido el Mercado como el becerro de oro; es decir, aquel ídolo espurio, al cual inmolar las preguntas, dudas, incertidumbres y perplejidades que antaño se ofrendaban a Dios; o servían como teas para iluminar el camino hacia el reino del Espíritu Universal.
Frente a la imposición de los términos de la claudicación del pensamiento, la crítica, la imaginación, la fantasía, el arte, parece lógico que: el ciudadano, ha sido trasformado en un pigmeo; en cuanto a que ha sido mutilado, quedando recudido a la condición de hombre económico como la única válida per se: ha desaparecido el rol de artífice y copartícipe de la ciudad y de la democracia, enriquecido por el devenir de la modernidad y de la postmodernidad- el período contingente, no sólo es de sombras ominosas; sino también, de libertades magníficas-.
Pues bien, legítimamente, cabe formularse la siguiente cuestión: La política, solamente, debe preservar y reproducir el orden establecido, que ha probado su eficiencia y efectividad, al salir campante de la palestra; ni pensar en cambios estructurales, que supongan o comporten alguna referencia o alusión al concepto revolución; basta y sobra con su carácter formal: emitir un sufragio, cada cierta periodicidad, para que determinados operadores, presuntamente nos representen, sin control ni supervisión por parte de la ciudadanía.
Bajo esta lógica, lo que tenemos en Chile, es una suerte de híbrido, consecuencia del maridaje entre el neoliberalismo fundamentalista y el desperfilamiento de un conglomerado que prometía la alegría, pero terminó administrando la obra gruesa de la dictadura.
A la sazón, para adentrarse más y más en el concierto mundial, América Latina, es vista como un barrio con vecinos pobres e indeseables, donde este nuevo rico no sólo se avergüenza de su contigüidad; sino que, además, trata de cambiarse a un sector más exclusivo; a nivel de la conciencia, los paradigmas y las subsecuentes servidumbres políticas, económicas, ideológicas, sociales y culturales.
Para desbrozar el camino a la “integración irreversible a la globalización” nuestros hermanos pertenecientes a las etnias, deben sufrir un proceso de desaparecimiento- tornarlos invisibles-; ya que conforman un lastre penoso que nos recuerda la culpa de los genocidios del Invasor europeo; y, a posteriori, del Estado Chileno.
Aunque estas pinceladas, no pretenden dar cuenta del meollo del asunto, lo que queda es abrochar el tema: La apariencia que impera, de que la totalidad está cerrada; es completa; tiene sentido y significado; donde no caben las contradicciones, las críticas, las disquisiciones molestas, menos las disonancias; y que la utopía, parafraseando a Trotsky, pertenece al basurero de la historia.
La sociedad actual, ante los ojos de los vencederos y de aquellos que- parafraseando a Gandalf- tienen su mente destronada, aparece como definitiva e incuestionable, desde todo punto de vista.
Como corolario, la ideología que la sustenta, muestra un carácter racional, lógico, real y natural, de manera que una idea ha sido hipostasiada; es decir, trasformada en un absoluto- de suyo con minúscula-, al servicio de las fuerzas que dominan y señorean este tiempo.
Entonces, no debe extrañar que: cualquier intento por poner en tela de juicio y desmenuzar la arquitectura de esta etapa, y del proceso global que se vive, es denunciado como la desesperación por revivir un cadáver: la otra ideología, o también otros meta relatos, que fueron derrotados y barridos por el arrollador triunfo del neoliberalismo.
Pues bien, para cantar a los cuatro vientos, con toda la pompa y vanagloria inimaginables, se ha erigido el Mercado como el becerro de oro; es decir, aquel ídolo espurio, al cual inmolar las preguntas, dudas, incertidumbres y perplejidades que antaño se ofrendaban a Dios; o servían como teas para iluminar el camino hacia el reino del Espíritu Universal.
Frente a la imposición de los términos de la claudicación del pensamiento, la crítica, la imaginación, la fantasía, el arte, parece lógico que: el ciudadano, ha sido trasformado en un pigmeo; en cuanto a que ha sido mutilado, quedando recudido a la condición de hombre económico como la única válida per se: ha desaparecido el rol de artífice y copartícipe de la ciudad y de la democracia, enriquecido por el devenir de la modernidad y de la postmodernidad- el período contingente, no sólo es de sombras ominosas; sino también, de libertades magníficas-.
Pues bien, legítimamente, cabe formularse la siguiente cuestión: La política, solamente, debe preservar y reproducir el orden establecido, que ha probado su eficiencia y efectividad, al salir campante de la palestra; ni pensar en cambios estructurales, que supongan o comporten alguna referencia o alusión al concepto revolución; basta y sobra con su carácter formal: emitir un sufragio, cada cierta periodicidad, para que determinados operadores, presuntamente nos representen, sin control ni supervisión por parte de la ciudadanía.
Bajo esta lógica, lo que tenemos en Chile, es una suerte de híbrido, consecuencia del maridaje entre el neoliberalismo fundamentalista y el desperfilamiento de un conglomerado que prometía la alegría, pero terminó administrando la obra gruesa de la dictadura.
A la sazón, para adentrarse más y más en el concierto mundial, América Latina, es vista como un barrio con vecinos pobres e indeseables, donde este nuevo rico no sólo se avergüenza de su contigüidad; sino que, además, trata de cambiarse a un sector más exclusivo; a nivel de la conciencia, los paradigmas y las subsecuentes servidumbres políticas, económicas, ideológicas, sociales y culturales.
Para desbrozar el camino a la “integración irreversible a la globalización” nuestros hermanos pertenecientes a las etnias, deben sufrir un proceso de desaparecimiento- tornarlos invisibles-; ya que conforman un lastre penoso que nos recuerda la culpa de los genocidios del Invasor europeo; y, a posteriori, del Estado Chileno.
Aunque estas pinceladas, no pretenden dar cuenta del meollo del asunto, lo que queda es abrochar el tema: La apariencia que impera, de que la totalidad está cerrada; es completa; tiene sentido y significado; donde no caben las contradicciones, las críticas, las disquisiciones molestas, menos las disonancias; y que la utopía, parafraseando a Trotsky, pertenece al basurero de la historia.
lunes, 8 de diciembre de 2008
Desprecio, negación y destrucción de nuestras raíces.
Estamos viviendo un nuevo totalitarismo: el imperio incontestable de los mass media, que amalgama a la perfección la basura con la ignorancia y la estupidez. El fenómeno, es mucho más complejo de lo que lo insinuaré: tan sólo me limitaré a analizar un cariz.
Pensemos, para partir con un tema trivial- pero que a poco andar cobra una dimensión de cierta gravedad- en el prototipo de mujer que propone la televisión, para poder vender los productos que debe promocionar: no importa de qué se trate; pues siempre irá acompañado de una joven, esbelta y escultural, delgada más allá de lo conveniente, de piel clara, de ojos igualmente claros, no pocas veces de pelo rubio o de otros colores, y con ropa apenas suficiente para poder conservar “un mínimo de pudor”. Encima, la grotesca moda que se ha impuesto durante el último tiempo, en cuanto a que la belleza conlleva el anormal aumento de tamaño de las mamas, mediante los implantes de silicona. Entonces, ¿dónde queda la belleza genuina y auténtica de la mujer chilena, que no esconde en su rostro los rasgos indígenas y/o mestizos, ya que se siente orgullosa de ello; y, no tiene que, ridículamente, tornar blondo su cabello por arte de magia; lo cual, es otra señal innegable de como se empuja a nuestra juventud a despreciar su identidad?.
De ahí, necesariamente, derivamos en una repercusión que afecta a toda la comunidad, en cuanto a sus alcances e implicaciones. Antes, sin embargo, debo advertir, sin reboso, que las palabras que declaro a continuación, brotan del corazón, nacen a raudales del amor; por lo tanto, nada tienen que ver con la fría etnohistoria, ni con la rigurosa antropología, ni con ninguna ciencia social, que tome a los mapuches como si fueran objeto de análisis de laboratorio, susceptibles de un desmenuzamiento aséptico.
Así, no debe extrañar que: el mapuche sea objeto y víctima de discriminación; que quienes poseen un apellido originario, sientan que es un estigma; y que se utilicen epítetos durísimos, que denotan desprecio absoluto hacia las etnias que habitan nuestra tierra, para referirse a ellos, tales como “le dio la indiada”; ya que, cotidianamente, se envían mensajes subliminales- ¿o explícitos?-, respecto de que lo vernáculo, a lo sumo, ha de ser considerado como rareza o excentricidad; y que los rasgos y características “europeas”- ojalá se noten claramente- constituyen un pasaje al éxito. Si proyectamos y extrapolamos tal predicamento al ámbito internacional, no debe extrañar que: como un colofón de lo anterior, más encima el chileno se sienta superior al peruano y boliviano- naciones en las cuales, la presencia indígena es significativa en cantidad- actitud que no sólo es condenable per se, ya que no existe ningún fundamento racional acerca de la presunta superioridad de un pueblo sobre otro; sino que, además, entraba la posibilidad de un entendimiento e integración con dichos hermanos, con lo cuales tenemos un glorioso porvenir que edificar, en la medida en que podamos articular un proyecto de integración latinoamericano a carta cabal.
Chile, será grande cuando tenga la capacidad de generar una legislación real y efectiva que proteja a las etnias que moran en el país; la que, permita preservar su cultura, su lengua, sus tradiciones, sus valores, sus tierras de la voracidad de las trasnacionales del tipo que fueren. Por cierto, dejar de exhibir los objetos amados por el corazón, el alma y la sangre, solamente como trebejos que las ciencias sociales deben analizar; más bien, como parte y reflejo de un universo que la mentalidad occidental no logra comprender ni valorar en su justa integridad; por el contrario, fruto del quehacer del hombre en la tierra. A fortiori, surge como un imperativo el vaciar las cárceles de todos aquellos prisioneros políticos mapuches, cuyo único crimen fue alzar su mano para defender lo sagrado y santo para ellos: la tierra, y todo lo que conlleva.
De paso, ya que está tan de moda hablar de la transversalidad en educación, iniciar una cirugía mayor para extirpar para siempre del ser nacional, los grotescos estereotipos con lo cuales se ha cargado la espalda de los pueblos que contemplaron las alboradas y ocasos en este confín del mundo, mucho antes del arribo de los europeos. Explícitamente, me hago cargo de expresiones odiosas e infames, o prejuicios sin ninguna validez ni ningún asidero, y que tampoco resisten ningún análisis serio y consistente; o las execrables discriminaciones y marginaciones, que, inveteradamente, han padecido en carne propia quienes ostentan en su faz la huella de esta fuerza telúrica, hermosa y sobrecogedora cantada por tanto vates de estro universal como Pablo Neruda. Mas no se equivoquen: no por la poesía de un bardo merecen respeto, reconocimiento y valoración; lo merecen per se, por el hecho de ser moradores de estos lares, antes del desplegamiento del Espíritu invasor.
Y es que tengo plena conciencia de que han sido víctimas de crímenes execrables desde la llegada de las hordas invasoras, que llegaron a estas tierras con el único afán de violar sus entrañas; y extraer toda riqueza que pudieran encontrar, al precio de la esclavitud, la humillación, las lágrimas y la muerte de sus hijos. Pero, que ustedes resistieron al punto de tornarse como la erupción de un volcán; el fuego y la luz del cielo; la majestad del árbol que reina en las alturas de la montaña; la selva que es impenetrable para el pie enemigo, pero que acoge en su vereda hirsuta la pisada del heredero de su sangre verde; la destreza para volar por el azul infinito, sin caer en las celadas de la razón y el engaño de Occidente.
Así España, no pudo humillar a los soberbios e indomables príncipes de la tierra, que eran carne de su carne, alma de su alma, vida de su vida; que lograron sobreponerse una y otra vez a la brutales embestidas con que un Espíritu extraño pretendió aniquilar a los Espíritus que deambulaban en la selva, los canelos sagrados; viviendo al amor de sus ceremonias, tan sagradas y santas como la acción de comer el cuerpo de Cristo, y de beber su sangre; con las cuales se ponen en armonía con el todo- al cual pertenecemos, y al que un día volveremos-, sin la intención de domeñar o destruir todas las potencialidades que duermen en cada rincón de este jardín que es el universo.
Y que, con la derrota y expulsión del conquistador, y el advenimiento de la independencia y la libertad para Chile, comenzaron algunos de los tiempos más aciagos y dolorosos, que les haya tocado sufrir; a saber: el acto de irrumpir con un ejército en las profundidades de Arauco, para perpetrar la cruel y atroz violencia de declararlos, por decreto y contra su voluntad, parte integrante de la nación chilena; siendo la argucia para confirmar y dar rienda suelta, de nuevo, a la ley ineluctable que opera en la historia: que los pobres y humillados de este mundo, sean blancos, indígenas o negros- o de la laya que fueren-, siempre han de ser alimento para la voracidad infinita de los amos.
Y que afrontan el siglo veintiuno, cual lúgubre amanecer que presagia destrucción para todas las etnias que aspiran a defender y proteger las raíces que los atan a la gleba; preservar los cementerios donde duermen sus ancestros que moraban libérrimos en cada espacio, en cada rincón del horizonte. Es que para ustedes, es inconcebible permitir que el agua cubre sus tumbas, bajo el pretexto de generar energía para satisfacer las necesidades de una civilización que daña al hombre, y que provoca heridas en la madre naturaleza, que no sanan ni cicatrizan por la sencilla causa de que el bárbaro occidental penetra con las herramientas del progreso hasta el hueso de la vida, y se refocila en hundir sus apéndices tecnológicos en la carne viva.
¿Cuánto tiempo debe fluir hacia la eternidad, antes de que Chile abrace al mapuche como miembro de la familia humana, con derechos inalienables y sagrados en su individualidad; a la magnífica independencia del que estuvo antes de la irrupción de la bota, la espada y la cruz; del que viste con la autonomía de las aves, las flores, los frutos, para brotar y esparcirse por doquier; y cuya cultura ha ser mirada con el sobrecogimiento y la veneración con que se observa el arcano de la vida y sus renovación?.
Para despedirme alzo mi voz, como una oración, para clamar por la libertad de todo mapuche, que haya sido privado injustamente de la libertad: ¡Dios mío que estás en las alturas, vacía las cárceles de todos aquellos prisioneros políticos mapuches, cuyo único crimen fue alzar su mano para defender lo sagrado y santo para ellos: la tierra!.
Estamos viviendo un nuevo totalitarismo: el imperio incontestable de los mass media, que amalgama a la perfección la basura con la ignorancia y la estupidez. El fenómeno, es mucho más complejo de lo que lo insinuaré: tan sólo me limitaré a analizar un cariz.
Pensemos, para partir con un tema trivial- pero que a poco andar cobra una dimensión de cierta gravedad- en el prototipo de mujer que propone la televisión, para poder vender los productos que debe promocionar: no importa de qué se trate; pues siempre irá acompañado de una joven, esbelta y escultural, delgada más allá de lo conveniente, de piel clara, de ojos igualmente claros, no pocas veces de pelo rubio o de otros colores, y con ropa apenas suficiente para poder conservar “un mínimo de pudor”. Encima, la grotesca moda que se ha impuesto durante el último tiempo, en cuanto a que la belleza conlleva el anormal aumento de tamaño de las mamas, mediante los implantes de silicona. Entonces, ¿dónde queda la belleza genuina y auténtica de la mujer chilena, que no esconde en su rostro los rasgos indígenas y/o mestizos, ya que se siente orgullosa de ello; y, no tiene que, ridículamente, tornar blondo su cabello por arte de magia; lo cual, es otra señal innegable de como se empuja a nuestra juventud a despreciar su identidad?.
De ahí, necesariamente, derivamos en una repercusión que afecta a toda la comunidad, en cuanto a sus alcances e implicaciones. Antes, sin embargo, debo advertir, sin reboso, que las palabras que declaro a continuación, brotan del corazón, nacen a raudales del amor; por lo tanto, nada tienen que ver con la fría etnohistoria, ni con la rigurosa antropología, ni con ninguna ciencia social, que tome a los mapuches como si fueran objeto de análisis de laboratorio, susceptibles de un desmenuzamiento aséptico.
Así, no debe extrañar que: el mapuche sea objeto y víctima de discriminación; que quienes poseen un apellido originario, sientan que es un estigma; y que se utilicen epítetos durísimos, que denotan desprecio absoluto hacia las etnias que habitan nuestra tierra, para referirse a ellos, tales como “le dio la indiada”; ya que, cotidianamente, se envían mensajes subliminales- ¿o explícitos?-, respecto de que lo vernáculo, a lo sumo, ha de ser considerado como rareza o excentricidad; y que los rasgos y características “europeas”- ojalá se noten claramente- constituyen un pasaje al éxito. Si proyectamos y extrapolamos tal predicamento al ámbito internacional, no debe extrañar que: como un colofón de lo anterior, más encima el chileno se sienta superior al peruano y boliviano- naciones en las cuales, la presencia indígena es significativa en cantidad- actitud que no sólo es condenable per se, ya que no existe ningún fundamento racional acerca de la presunta superioridad de un pueblo sobre otro; sino que, además, entraba la posibilidad de un entendimiento e integración con dichos hermanos, con lo cuales tenemos un glorioso porvenir que edificar, en la medida en que podamos articular un proyecto de integración latinoamericano a carta cabal.
Chile, será grande cuando tenga la capacidad de generar una legislación real y efectiva que proteja a las etnias que moran en el país; la que, permita preservar su cultura, su lengua, sus tradiciones, sus valores, sus tierras de la voracidad de las trasnacionales del tipo que fueren. Por cierto, dejar de exhibir los objetos amados por el corazón, el alma y la sangre, solamente como trebejos que las ciencias sociales deben analizar; más bien, como parte y reflejo de un universo que la mentalidad occidental no logra comprender ni valorar en su justa integridad; por el contrario, fruto del quehacer del hombre en la tierra. A fortiori, surge como un imperativo el vaciar las cárceles de todos aquellos prisioneros políticos mapuches, cuyo único crimen fue alzar su mano para defender lo sagrado y santo para ellos: la tierra, y todo lo que conlleva.
De paso, ya que está tan de moda hablar de la transversalidad en educación, iniciar una cirugía mayor para extirpar para siempre del ser nacional, los grotescos estereotipos con lo cuales se ha cargado la espalda de los pueblos que contemplaron las alboradas y ocasos en este confín del mundo, mucho antes del arribo de los europeos. Explícitamente, me hago cargo de expresiones odiosas e infames, o prejuicios sin ninguna validez ni ningún asidero, y que tampoco resisten ningún análisis serio y consistente; o las execrables discriminaciones y marginaciones, que, inveteradamente, han padecido en carne propia quienes ostentan en su faz la huella de esta fuerza telúrica, hermosa y sobrecogedora cantada por tanto vates de estro universal como Pablo Neruda. Mas no se equivoquen: no por la poesía de un bardo merecen respeto, reconocimiento y valoración; lo merecen per se, por el hecho de ser moradores de estos lares, antes del desplegamiento del Espíritu invasor.
Y es que tengo plena conciencia de que han sido víctimas de crímenes execrables desde la llegada de las hordas invasoras, que llegaron a estas tierras con el único afán de violar sus entrañas; y extraer toda riqueza que pudieran encontrar, al precio de la esclavitud, la humillación, las lágrimas y la muerte de sus hijos. Pero, que ustedes resistieron al punto de tornarse como la erupción de un volcán; el fuego y la luz del cielo; la majestad del árbol que reina en las alturas de la montaña; la selva que es impenetrable para el pie enemigo, pero que acoge en su vereda hirsuta la pisada del heredero de su sangre verde; la destreza para volar por el azul infinito, sin caer en las celadas de la razón y el engaño de Occidente.
Así España, no pudo humillar a los soberbios e indomables príncipes de la tierra, que eran carne de su carne, alma de su alma, vida de su vida; que lograron sobreponerse una y otra vez a la brutales embestidas con que un Espíritu extraño pretendió aniquilar a los Espíritus que deambulaban en la selva, los canelos sagrados; viviendo al amor de sus ceremonias, tan sagradas y santas como la acción de comer el cuerpo de Cristo, y de beber su sangre; con las cuales se ponen en armonía con el todo- al cual pertenecemos, y al que un día volveremos-, sin la intención de domeñar o destruir todas las potencialidades que duermen en cada rincón de este jardín que es el universo.
Y que, con la derrota y expulsión del conquistador, y el advenimiento de la independencia y la libertad para Chile, comenzaron algunos de los tiempos más aciagos y dolorosos, que les haya tocado sufrir; a saber: el acto de irrumpir con un ejército en las profundidades de Arauco, para perpetrar la cruel y atroz violencia de declararlos, por decreto y contra su voluntad, parte integrante de la nación chilena; siendo la argucia para confirmar y dar rienda suelta, de nuevo, a la ley ineluctable que opera en la historia: que los pobres y humillados de este mundo, sean blancos, indígenas o negros- o de la laya que fueren-, siempre han de ser alimento para la voracidad infinita de los amos.
Y que afrontan el siglo veintiuno, cual lúgubre amanecer que presagia destrucción para todas las etnias que aspiran a defender y proteger las raíces que los atan a la gleba; preservar los cementerios donde duermen sus ancestros que moraban libérrimos en cada espacio, en cada rincón del horizonte. Es que para ustedes, es inconcebible permitir que el agua cubre sus tumbas, bajo el pretexto de generar energía para satisfacer las necesidades de una civilización que daña al hombre, y que provoca heridas en la madre naturaleza, que no sanan ni cicatrizan por la sencilla causa de que el bárbaro occidental penetra con las herramientas del progreso hasta el hueso de la vida, y se refocila en hundir sus apéndices tecnológicos en la carne viva.
¿Cuánto tiempo debe fluir hacia la eternidad, antes de que Chile abrace al mapuche como miembro de la familia humana, con derechos inalienables y sagrados en su individualidad; a la magnífica independencia del que estuvo antes de la irrupción de la bota, la espada y la cruz; del que viste con la autonomía de las aves, las flores, los frutos, para brotar y esparcirse por doquier; y cuya cultura ha ser mirada con el sobrecogimiento y la veneración con que se observa el arcano de la vida y sus renovación?.
Para despedirme alzo mi voz, como una oración, para clamar por la libertad de todo mapuche, que haya sido privado injustamente de la libertad: ¡Dios mío que estás en las alturas, vacía las cárceles de todos aquellos prisioneros políticos mapuches, cuyo único crimen fue alzar su mano para defender lo sagrado y santo para ellos: la tierra!.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)