Mi opinión.
Se trata de un problema peliagudo, con diversas aristas, alcances e implicaciones de carácter filosófico. Por ende, amerita, por decir lo menos, un libro, no un opúsculo.
A pesar de la anterior prevención, me atrevo a esbozar una crítica: Así, llama poderosamente la atención como las personas se encierran en su opinión, entendida como un juicio sobre una materia determinada, no sólo como si fuera una camisa de fuerza; sino como si fuese una prisión para su entendimiento; de hecho, no les preocupa someter a un escrutinio de la razón y la lógica a la misma; tampoco, aquilatar el grado de verdad, que puede comportar. Nada interesa más que defender su particular punto de vista, por mucho que se aleje de las normas del funcionamiento y la economía de una mente cultivada.
Es más, cuando alguien comete la imprudencia de poner de manifiesto alguna imperfección de su razonamiento, se pone a la defensiva, como si hubiera sido atacado en lo más sagrado y santo: “sus ideas”; que más bien debiéramos llamar ideas ídolo, que son producto de una percepción inmadura, insuficiente o errada de la realidad; y que ha pretendido absolutizar, para darles validez definitiva, firme, sin duda, ni contradicción…Pero basta observar con atención, para percatarse de las fisuras de la base: prejuicios, tópicos, clichés, absurdos convencionalismos, que no resisten airosos el escudriñamiento que se pueda realizar.
Tal vez el afán de aferrase a “mi opinión”, responde a la necesidad e imperativo de tener un punto fijo y un marco de referencia permanente en el devenir del tiempo, y de orientación en el universo; y así no quedar desnudo de este ropaje que nos proporciona la sociedad y la cultura que nos albergan.
Pero detrás de esta puesta en escena, hay un miedo cerval, respecto de deber desarrollar un pensamiento personal; y el subsecuente fracaso ante la suprema tarea: el desafío de vivir, desde el abordaje singular, único, e irrepetible. Aunque nadie puede hacer tabla rasa, por completo, de sus condicionamientos y determinaciones de su ethos e idiosincrasia, si puede trascender con el poder de la interrogación, y del avance progresivo en el camino de la búsqueda de la verdad; empresa a la cual, la mayoría renuncia, incluso, antes de acometerla.
Dentro de este misma criterio, cabe plantearse: ¿Cuántas veces la gente asume como ataque aleve y motivo de angustia que alguien enfrente sus ideas?; y ¿ con cuánta saña y rencor reaccionan contra quien anhela aportar al develamiento de la verdad?...¿Cuántos profetas, iluminados, mesías, místicos, revolucionarios, filósofos, poetas, pintores, artistas en general, a lo largo de la historia; y la raza de hombres que cobijan en su espíritu la chispa divina- y que no están dispuestos a permitir que se extinga- han sido sometidos al ostracismo y al martirio, por proclamar el advenimiento del Espíritu, el rescate de lo Absoluto desde el pan cotidiano hasta una suprema obra de la naturaleza, de la creatividad humana?.
Es, por tanto, imprescindible actualizar una de las dimensiones de la libertad del ser humano, que le permite erigirse sobre las muletas y aparatos ortopédicos, con que la sociedad de masas, intenta neutralizar la existencia como arte y como encrucijada en aras del cumplimiento del propio destino; y, por el contrario, reproducir, mecánicamente, las estructuras que indican: qué, cómo, cuándo y en qué términos se debe pensar; y no más allá de los límites permitidos, ya que se amenaza con el ácido corrosivo de la crítica la autocomplacencia de los amos; y, como contrapunto, se pone en solfa la ignorancia y la misma la cerrazón y uniformidad de la grey, a la usanza de la genial película “Tiempos Modernos”.
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