lunes, 8 de diciembre de 2008

Desprecio, negación y destrucción de nuestras raíces.
Estamos viviendo un nuevo totalitarismo: el imperio incontestable de los mass media, que amalgama a la perfección la basura con la ignorancia y la estupidez. El fenómeno, es mucho más complejo de lo que lo insinuaré: tan sólo me limitaré a analizar un cariz.
Pensemos, para partir con un tema trivial- pero que a poco andar cobra una dimensión de cierta gravedad- en el prototipo de mujer que propone la televisión, para poder vender los productos que debe promocionar: no importa de qué se trate; pues siempre irá acompañado de una joven, esbelta y escultural, delgada más allá de lo conveniente, de piel clara, de ojos igualmente claros, no pocas veces de pelo rubio o de otros colores, y con ropa apenas suficiente para poder conservar “un mínimo de pudor”. Encima, la grotesca moda que se ha impuesto durante el último tiempo, en cuanto a que la belleza conlleva el anormal aumento de tamaño de las mamas, mediante los implantes de silicona. Entonces, ¿dónde queda la belleza genuina y auténtica de la mujer chilena, que no esconde en su rostro los rasgos indígenas y/o mestizos, ya que se siente orgullosa de ello; y, no tiene que, ridículamente, tornar blondo su cabello por arte de magia; lo cual, es otra señal innegable de como se empuja a nuestra juventud a despreciar su identidad?.
De ahí, necesariamente, derivamos en una repercusión que afecta a toda la comunidad, en cuanto a sus alcances e implicaciones. Antes, sin embargo, debo advertir, sin reboso, que las palabras que declaro a continuación, brotan del corazón, nacen a raudales del amor; por lo tanto, nada tienen que ver con la fría etnohistoria, ni con la rigurosa antropología, ni con ninguna ciencia social, que tome a los mapuches como si fueran objeto de análisis de laboratorio, susceptibles de un desmenuzamiento aséptico.
Así, no debe extrañar que: el mapuche sea objeto y víctima de discriminación; que quienes poseen un apellido originario, sientan que es un estigma; y que se utilicen epítetos durísimos, que denotan desprecio absoluto hacia las etnias que habitan nuestra tierra, para referirse a ellos, tales como “le dio la indiada”; ya que, cotidianamente, se envían mensajes subliminales- ¿o explícitos?-, respecto de que lo vernáculo, a lo sumo, ha de ser considerado como rareza o excentricidad; y que los rasgos y características “europeas”- ojalá se noten claramente- constituyen un pasaje al éxito. Si proyectamos y extrapolamos tal predicamento al ámbito internacional, no debe extrañar que: como un colofón de lo anterior, más encima el chileno se sienta superior al peruano y boliviano- naciones en las cuales, la presencia indígena es significativa en cantidad- actitud que no sólo es condenable per se, ya que no existe ningún fundamento racional acerca de la presunta superioridad de un pueblo sobre otro; sino que, además, entraba la posibilidad de un entendimiento e integración con dichos hermanos, con lo cuales tenemos un glorioso porvenir que edificar, en la medida en que podamos articular un proyecto de integración latinoamericano a carta cabal.
Chile, será grande cuando tenga la capacidad de generar una legislación real y efectiva que proteja a las etnias que moran en el país; la que, permita preservar su cultura, su lengua, sus tradiciones, sus valores, sus tierras de la voracidad de las trasnacionales del tipo que fueren. Por cierto, dejar de exhibir los objetos amados por el corazón, el alma y la sangre, solamente como trebejos que las ciencias sociales deben analizar; más bien, como parte y reflejo de un universo que la mentalidad occidental no logra comprender ni valorar en su justa integridad; por el contrario, fruto del quehacer del hombre en la tierra. A fortiori, surge como un imperativo el vaciar las cárceles de todos aquellos prisioneros políticos mapuches, cuyo único crimen fue alzar su mano para defender lo sagrado y santo para ellos: la tierra, y todo lo que conlleva.
De paso, ya que está tan de moda hablar de la transversalidad en educación, iniciar una cirugía mayor para extirpar para siempre del ser nacional, los grotescos estereotipos con lo cuales se ha cargado la espalda de los pueblos que contemplaron las alboradas y ocasos en este confín del mundo, mucho antes del arribo de los europeos. Explícitamente, me hago cargo de expresiones odiosas e infames, o prejuicios sin ninguna validez ni ningún asidero, y que tampoco resisten ningún análisis serio y consistente; o las execrables discriminaciones y marginaciones, que, inveteradamente, han padecido en carne propia quienes ostentan en su faz la huella de esta fuerza telúrica, hermosa y sobrecogedora cantada por tanto vates de estro universal como Pablo Neruda. Mas no se equivoquen: no por la poesía de un bardo merecen respeto, reconocimiento y valoración; lo merecen per se, por el hecho de ser moradores de estos lares, antes del desplegamiento del Espíritu invasor.
Y es que tengo plena conciencia de que han sido víctimas de crímenes execrables desde la llegada de las hordas invasoras, que llegaron a estas tierras con el único afán de violar sus entrañas; y extraer toda riqueza que pudieran encontrar, al precio de la esclavitud, la humillación, las lágrimas y la muerte de sus hijos. Pero, que ustedes resistieron al punto de tornarse como la erupción de un volcán; el fuego y la luz del cielo; la majestad del árbol que reina en las alturas de la montaña; la selva que es impenetrable para el pie enemigo, pero que acoge en su vereda hirsuta la pisada del heredero de su sangre verde; la destreza para volar por el azul infinito, sin caer en las celadas de la razón y el engaño de Occidente.
Así España, no pudo humillar a los soberbios e indomables príncipes de la tierra, que eran carne de su carne, alma de su alma, vida de su vida; que lograron sobreponerse una y otra vez a la brutales embestidas con que un Espíritu extraño pretendió aniquilar a los Espíritus que deambulaban en la selva, los canelos sagrados; viviendo al amor de sus ceremonias, tan sagradas y santas como la acción de comer el cuerpo de Cristo, y de beber su sangre; con las cuales se ponen en armonía con el todo- al cual pertenecemos, y al que un día volveremos-, sin la intención de domeñar o destruir todas las potencialidades que duermen en cada rincón de este jardín que es el universo.
Y que, con la derrota y expulsión del conquistador, y el advenimiento de la independencia y la libertad para Chile, comenzaron algunos de los tiempos más aciagos y dolorosos, que les haya tocado sufrir; a saber: el acto de irrumpir con un ejército en las profundidades de Arauco, para perpetrar la cruel y atroz violencia de declararlos, por decreto y contra su voluntad, parte integrante de la nación chilena; siendo la argucia para confirmar y dar rienda suelta, de nuevo, a la ley ineluctable que opera en la historia: que los pobres y humillados de este mundo, sean blancos, indígenas o negros- o de la laya que fueren-, siempre han de ser alimento para la voracidad infinita de los amos.
Y que afrontan el siglo veintiuno, cual lúgubre amanecer que presagia destrucción para todas las etnias que aspiran a defender y proteger las raíces que los atan a la gleba; preservar los cementerios donde duermen sus ancestros que moraban libérrimos en cada espacio, en cada rincón del horizonte. Es que para ustedes, es inconcebible permitir que el agua cubre sus tumbas, bajo el pretexto de generar energía para satisfacer las necesidades de una civilización que daña al hombre, y que provoca heridas en la madre naturaleza, que no sanan ni cicatrizan por la sencilla causa de que el bárbaro occidental penetra con las herramientas del progreso hasta el hueso de la vida, y se refocila en hundir sus apéndices tecnológicos en la carne viva.
¿Cuánto tiempo debe fluir hacia la eternidad, antes de que Chile abrace al mapuche como miembro de la familia humana, con derechos inalienables y sagrados en su individualidad; a la magnífica independencia del que estuvo antes de la irrupción de la bota, la espada y la cruz; del que viste con la autonomía de las aves, las flores, los frutos, para brotar y esparcirse por doquier; y cuya cultura ha ser mirada con el sobrecogimiento y la veneración con que se observa el arcano de la vida y sus renovación?.
Para despedirme alzo mi voz, como una oración, para clamar por la libertad de todo mapuche, que haya sido privado injustamente de la libertad: ¡Dios mío que estás en las alturas, vacía las cárceles de todos aquellos prisioneros políticos mapuches, cuyo único crimen fue alzar su mano para defender lo sagrado y santo para ellos: la tierra!.

No hay comentarios: