Dama traslúcida e implacable, enseñoreas
el corazón hasta convertirlo en piedra muerta.
Caen gotas de lluvia, que taladran el suelo,
y se cuelan hasta mi transida alma;
distancia que me separa de los brazos de la amada,
¿existes en el recoveco del pensamiento como arcano que guardo al Creador?;
tiempo que consume una pavesa con el hálito del universo,
la luz se extingue cuando abandona tus ojos;
el caminante busca el retorno al hogar,
por la calle barrida por el viento,
semeja un fantasma de tiempos remotos,
ni una puerta se abre para darle cobijo,
Cid gemebundo desterrado en la eternidad;
el hombre que se adentra en el cementerio, para evocar la sombra de la amada;
regresar al templo donde resuena la risa del absurdo de haber nacido;
no encontrar consuelo ni paz ni calma en las páginas de sabidurías ancestrales;
pensar en los libros que duermen sepultados en polvo milenario.
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