lunes, 10 de noviembre de 2014

Señor Director, entre la nueva mayoría y la derecha, es bueno que se escuche una voz disidente a ultranza.
Soy terrorista y anarquista.
     No creo ser el único, pero si así fuere  eso me tiene  sin cuidado. No pretendo que nadie adhiera a mi causa, si es que el acto de  acriminarse  puede ser  calificado como tal; que  cada quien tome las resoluciones fundamentales,  que le dicte  su fuero interno, ante las encrucijadas a que se enfrente;  el punto, es no eludirlas, porque  estarán esperando más adelante para consumar una emboscada, si  se intenta escabullir el bulto cuando se les  ha debido enfrentar, plantar cara con valor.
     Cuando puedo desgarrar una bandera, del color que fuere, sin importar  la causa por la que está flameando,  lo hago con fruición; no considero que haya algo más impuro que  una  bandera, cualquiera sea  su color o su coartada; tal vez, sí algo  más corrupto: la ideología que se esgrime para arrastrar a la muerte a la carne de cañón, desde tiempos inmemoriales.
     Si puedo quemarla en público, y  despertar la furia e idiotez asesinas de las  muchedumbres-¿hay alguna que  no sea asina?- mucho mejor y más gratificante; lo  que me produce un placidez  semejante al estado de nirvana; que se  abalancen sobre mí, y me despedacen me  da  lo mismo, porque me he convertido en pedazos  esparcidos por el suelo, y no espero  volver de la nada, para recibir a ningún redentor en la hora de la  resurrección…
     Y si por si acaso me equivocara, prefiero quedarme  a donde me haya  ido; no me interesa  lo que sea, que no creo que  sea parecido a lo que han usado para aterrorizar; es absurdo pensar que hay  una zona destina al castigo de pecadores, apóstatas, impenitentes; basta este tiempo, este espacio para el sufrimiento…
     Aunque  no soy  experto en  elaborar bombas,  lo hago como puedo, y con lo que tengo disponible  a mano. Recuerdo que una vez  me quemé por completo, cuando una  molotov me estalló en el rostro; pero he perfeccionado un poco mi técnica, y he aprovechado que ya no tengo máscara, para  que cuando arrojo la bomba contra algún testaferro del sistema, o contra  algunos de sus santuarios, todos me reconozcan, porque  al no tener  rostro, no soy nadie, no pertenezco a  nadie, no tengo ni patria ni hogar, ni  familia;  así no debo temer,  ni por mí ni por otro u otra,  no hay conocidos, ni familia, ni perro, ni gato, ni rata ni piojos,  que pudieras ser presa  de represalias de las  fauces de los amos.
    Cuando quiero  cagar, me dirijo a las  iglesias, a los bancos,  a los cuarteles, donde  deposito una cantidad suficiente de excremento para  seguir abonando la putrefacción y su hedor, que   emanan de aquellos recintos que son  protectores de  nuestra sociedad y nuestra cultura: la inmortalidad del alma;  los ahorros  para asegurar la vejez, y la  integridad del suelo patrio, que  es más  sagrado y santo que la virgen María. En algunas,  me han amenazado con el excremento eterno; y yo digo para qué si estoy con la mierda  más allá de la coronilla; en algunos, me  ha  espetado que  no soy cliente, que no tengo derecho a cuenta corriente, a   hacer giros, a que me depositen el sueldo, a  participar de  la gloria y la  lujuria de la gimnasia bancaria; en los otros, me  han llovido los balazos, porque los milicos y sus parientes  pobres, ya han hecho suficiente  detritus, para sepultar a muchas generaciones  de   esclavos concretos, en semejante  montaña de inmundicia que es, ha sido y será la historia republicana- frasecita siútica de porquería- de este  país donde  me encuentro.
    Con un hacha y una antorcha recorro  todos los rincones de la ciudad; y quienes  me conocían de antes huyen horrorizados  al constatar que  la profecía se  cumplió, pues me convertí en un hijo de Satanás; pero yo no declino en mi afán de ir dando  hachazos  a diestro y a siniestro; voy cortando las cadenas de  los manicomios, para que mis hermanos y hermanas  puedan  salir a  respirar aire puro, por lo menos no tan fétido  como el que hay dentro de sus celdas  acolchadas de razón y sentido común;  también, corto las cadenas  para que los presos comunes,- tan comunes somos todos que terminaremos siendo alimento para los gusanos- puedan seguir robando por sorpresa, cogoteando en las micros, vendiendo sin patente municipal …
      Y una antorcha, para propagar la demencia por todos los rincones donde se  han refugiado los señores de cuello y corbata, el senado y  la cámara de diputados, los parásitos más  voraces, que hay que rostizar como lo que habitan en los pliegues de  la chancha; las empresas y  los grandes consorcios que  vampirizan   las lágrimas, el sudor y la sangre de los ilotas de buena  voluntad- no confundir con idiotas-,  que todos los días  colocan su cuello entre los dientes; de todas las víctimas propiciatorias que se autoinmolan, para complacer a sus cadenas.
    Soy  terrorista  y anarquista; y si vienen por mí, lo más seguro es que me doblegarán; pero no me llevarán caminando ni ante los jueces ni a  la cárcel.
    Espero combatir  hasta que  me abatan; si llega a ser  imprescindible,   empaparé de bencina los libros, y se los arrojaré por la cabeza,  para ver  si salen de  la   imbecilidad en que se encuentran.    
    Debo sentir que  no tendrán piedad de mí; por tanto, yo debo tratarlos como si fueran enemigos implacables, aunque  no tengo oportunidad de alzarme  con la victoria. Ellos, me vencieron; me tienen aislado; no hay otros y otras  como yo; no tengo ninguna posibilidad de resistir; por último, pueden dispararme con un dron, para no incurrir en gastos innecesarios. Lo que sí sé, es que no caminaré hacia su justicia. 

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