
Sócrates, aunque sabe, a ciencia y a conciencia, que ha sido condenado a muerte injustamente, no puede ni debe abandonar la prisión, ni eludir la sentencia, so peligro de pisotear todo aquello en función de lo cual ha regulado su vida.
No se ha de atender la opinión la mayoría sobre el tema; pues, solamente importa el parecer de los entendidos sobre lo que es justo, en cuanto al buen vivir; si se actúa en sentido contrario, ciertamente se infligirá una daño severo al alma, de mayor aprecio y cuidado que el cuerpo. Ergo, no por temor al que dirán- en cualesquier sentido que fuere; por ejemplo: la presunción de que los amigos no han hecho lo suficiente, para sacar a Sócrates del trance en que se encuentra- se ha de fugar, y así evadir la acción punitiva; al contrario, no es la justicia la que se ha equivocado, si no los hombres en su aplicación: no es a ella, a la que hay que pedir cuentas; sino, por el contrario, a la veleidad de los seres humanos. A no dudar, está obligado- por el mandato de su fuero interno- a permanecer y aceptar lo que se ha dictaminado; a saber: su ejecución, mediante el acto de ingerir cicuta.
Él, recibió todo de las leyes: gracias a ellas, sus padres se conocieron, se casaron y lo trajeron a este mundo; posteriormente, fue educado en el concepto de la gimnasia; se le permitió residir, y en ningún caso se le coaccionó a quedarse para siempre dentro de los límites de la ciudad; de hecho, él por propia voluntad, en muy raras veces abandonó el suelo natal.
Cabe detenerse en este punto en especial: hay un llamamiento a respetar de manera incondicional el suelo patrio; y es que: la patria, es sagrada; en ningún instante, y bajo ninguna circunstancia, está permitido causar violencia alguna a ella; especialmente, si se tiene en consideración el hecho de que a nadie se le constriñó, más allá de cierta edad, a estar en un lugar determinado; abriéndose, después, la posibilidad de emigrar.
Lo que se aplica a la patria, también es aplicable a las leyes, que son la salvaguardia de su integridad. Así, Sócrates, que siempre acató y veló por el cumplimiento de las leyes en tanto éstas iban en beneficio personal, ante la adversidad sólo tiene la vía de recrear su conducta anterior, para dejar un mensaje de consecuencia; sobre todo cuando Atenas está siendo carcomida por el cáncer de la demagogia- cualquier semejanza con la realidad, es simple y mera coincidencia-: la sumisión ante el valor objetivo de aquéllas; es decir, una ley no es buena solamente cuando me conviene, si no en todo momento.
Por demás, él no se concibe en el destierro, con la reputación de enemigo de las leyes, en cualesquier ciudad donde fuera acogido; por demás, consciente de que una vez que muriera y al tener que acudir al Hades, las hermanas aquéllas, lo recibieran con un claro afán de darle su merecido por sacrílego, por tratar de destruir a sus parientes; y, lo que es grave para un hombre de su condición: aceptar la compañía de pícaros de toda laya, y convertirse en hazmerreír, ya anciano, próximo a morir, que con mil artilugios se las arregló para huir sin vergüenza ni pudor.
Sócrates, debe morir por que así lo manda su conciencia, y su rectitud de toda la vida; que ya los amigos de verdad, se ocupará de los hijos. En nada ha de importar la creencia de que su actitud responde a un capricho; cualquier cosa menos eso. Es el fruto y producto, de una existencia consagrada al cultivo de la partícula de divinidad, que mora en cada uno de nosotros en tanto seres humanos.
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