sábado, 30 de julio de 2011

Viejo Año, vida nueva


La ciudad, se encontraba vacía, despoblada; muerte por completo. Todas las personas, habían resuelto tomarse el día, para llevar adelante los preparativos para el año nuevo.

Iba a permanecer observando lo absoluto, por muy leve que fuera la manifestación que se diera, en medio del ensordecedor ruido del carnaval, en el que se buscaría la salida al laberinto de la cotidianeidad, de una manera equivocada.

¿Qué extraño era que sólo él, dentro de la multitud que moraba en allí, hubiera tomado la decisión de advertir cómo se iban los minutos que restaban del año que moría?.

A su conciencia, llegaban señales de alerta, de proximidad del peligro: la rutina de siempre; es decir, cada familia se reunía entorno al altar, donde iban a sacrificar los fantasmas y las pesadillas que el año que se iba había engendrado en sus existencias.

Una vez que se dijo adiós a los dioses; se los pateó; escupió; violentó, para luego asesinarlos, y ora enterrarlos, ora dejar que pudrieran a la intemperie, se quedó infinitamente solo en vastedad del universo. De ninguna parte, llegaba el rumor de un diálogo, ni se percibía la huella de que alguna vez hubieran estado aquí.

Se buscaba en las estrellas; miraba hacia el infinito, descubría galaxias, constelaciones, agujeros negros; pero, las preguntas se quedaban sin respuesta. No fuera a suceder que, en medio de la basura, la contaminación, el olor a caca que se desprende de las cloacas, emergiera la voz del Absoluto…

Le daba grima pensar que la gente participaba de estos ritos con un ánimo borreguil; es que nadie se cuestionaba el sentido más profundo de los mismos; y él no quería ser ni actuar como la grey: que no estuviera suficientemente despierto, para atenderla y seguir sus pasos; él en su pequeñez e insignificancia, pero con el valor de resistir…

¿Por qué las personas sienten la obligación de abrazar a quienes no representan nada para ellos?... Era una de las preguntas que se formulaba este “portador del anillo”; lo que equivale a decir su propio destino. No bastaba con tener que soportarse a sí mismo, en los más grises y siniestros días; con tener que agachar el moño y rebajarse hasta la calidad de cosa, de objeto desechable; de tener que rendir pleitesía y vasallaje a aquellos y aquellas despreciables que se embriagaban con una insignificante cuota de poder; a quienes con gusto hubiera asesinado. Al menos, monstruos como Bateman o Lecter, eran despiadadamente sinceros, sanguinariamente veraces y consecuentes: su arrebato de odio contra un orden de cosas, en el cual percibía un desajuste estructural profundo, irremediable.

Pero, también estaba gente como Spander, que era capaz de llegar a asesinar sistemáticamente a cada uno de sus compañeros de expedición a Marte, como una forma de preservar la pureza de su civilización, al menos durante un periquete. En cierto modo, y desde cierta perspectiva, sentía que Spander era su hermano gemelo: se había enamorado con los recuerdos de un mundo ya colapsado para siempre; se había fascinado como niño, con la cultura de la civilización fallecida; su paroxismo, los libros y la música; lo mismo que a él le interesaban sobre todo los pensamientos, ideas, palabras.

…Más encima, había que cumplir con un rito imbécil y carente de significado, por que la sociedad lo ordenaba…?

En el fondo, sólo deseaba que lo dejaran tranquilo; sólo deseaba leer y meditar

¡No, para él!; tenía la libertad, el nihilismo de gritar como un loco furioso, arrojar espuma por la boca, patalear y revolcarse por el suelo, reírse hasta sufrir un ataque de histeria, mearse y cagarse en los absurdos que abundan en la existencia. Pudiera ser que, cada jornada fuera un calvario; que su estado de ánimo, en los peores momentos, fuera como el resultado de algún vomito demoníaco; que la pura idea de levantarse de la cama, para tener que arrostrar una dosis más de martirio, fuera una fuente de sufrimiento y dolor inimaginables. Pero, por nada del mundo, iba a permitir que controlaran su vida: su destino era su destino; su desierto, su desierto; su soledad, su soledad; su asco y angustia, ¡suyas y de nadie más!...

Las más de las veces sentían ganas de vomitar, y de salpicar con la inmundicia todos los rincones ocultos de la habitación, donde estaba enclaustrado. Las luces del Manicomio se apagaron.

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