
El niño que debe hurgar en los tarros de basura, para sobrevivir;
el niño de la calle, que es asesinado por
los escuadrones de la muerte en Brasil;
el infante, que es secuestrado en alguna arrabal de Sudamérica,
para ser vendido a las sociedades desarrolladas,
donde se usarán sus órganos para dar vida a los ricos y poderosos;
el cesante crónico, que se enfrenta a la ignominia de que se
le niegue la posibilidad del trabajo, o sea la dignidad;
el expatriado, que ha de devenir por el mundo
para tratar de sobrevivir a duras penas,
al encontrar la nueva patria que lo ha de acoger;
el rostro triste y desamparado del hijo de ese expatriado,
que es una súplica a toda la humanidad;
el chiquillo que se acerca temeroso a la mesa del escritor,
para compartir con él un dibujo donde refleja
las ilusiones que jamás se verán concretadas;
la certeza de que el hambre podría
ser borrada de la faz de la tierra,
si hubiera misericordia en el corazón,
de los amos y patrones de la civilización;
la convicción de que estamos sufriendo
la peor crisis de la civilización occidental,
con centro en la razón, el progreso,
la divinización de la ciencia y la técnica, y
que sólo el renacimiento del genuino humanismo
nos redimirá de la catástrofe final.
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