
El desgarramiento primordial, que afecta el alma del artista,
no se puede resolver con una concesión a los
falsos dioses de la ciencia y la tecnología.
El artista, experimenta espanto metafísico
ante la posibilidad de radicalizar
la evolución material de la humanidad;
en circunstancias de que somos y seguimos siendo
enanos en el plano del pensamiento,
la meditación y la inteligencia de los arcanos de la existencia.
El artista observa, se alarma y sobrecoge
ante el proceso de desacralización que ha sufrido el universo.
El "dios en la tierra", ha sido convertido en
una pieza más dentro de la maquinaria del funcionamiento social,
insignificante en su tamaño,
su presencia dentro del todo, absolutamente reemplazable;
uno de los pocos absolutos,
que han sobrevivido a la debacle en que
el espíritu se ha hundido en la absurdidad,
una nao a la deriva por toda la eternidad.
El artista posee la lucidez, la honestidad,
la independencia para no sumarse a los corifeos,
que cantan la gloria y esplendor de este nuevo Jehová,
hecho de dólares, soledad, angustia, dolor,
sufrimiento, discriminación, humillación,
hollamiento de la dignidad del ser humano.
Aunque es una batalla que se libra
para proteger lo más sagrado
y santo que anida en el corazón del hombre,
y que el artista sabe que no tiene fuerzas
ni vida para perpetuar esta lucha,
apunta con su dedo la dirección,
para que las nuevas generaciones no permitan
que las banderas del espíritu queden
en manos de aquellos que miden
todo en función de la productividad y el rendimiento.
Ernesto Sábato ha fallecido;
su cuerpo, ha sido devorado por el Hades:
sólo sé que cada contradicción o error de él,
por muy grave que fuese, y por mucho dolor
que provocase en los seres amados entrañablemente,
alimentó a aquellos que buscamos
el derrotero que nos acerque al plano
donde comulgar en torno a la absoluto con el hombre,
sin la infamia y oprobio de utilizarlo para,
luego, desecharlo en cualquier basurero, y conseguir un repuesto.
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