
El niño arrancado de la protección y seguridad del regazo materno;
el primer enfrentamiento con la cruda y brutal realidad,
que barre con la inocencia y la pureza;
el aislamiento voluntario en la biblioteca
y bajo la bóveda de la magna catedral de la física,
para tratar de mitigar la angustia por existir;
la semilla de la hiperestesia, poco a poco comienza a brotar
en un árbol gigantesco de compromiso social y humano, por el padecimiento del oprimido;
la evocación de la universidad,
no como una fábrica de producir profesionales en serie,
si no como la depositaria y salvaguardia del humanismo más acendrado;
el desprecio de la condición de revolucionario de salón,
y la asunción de una toma de partido en la palestra de la historia, en la trinchera de los pobres,
los pisoteados, los injuriados por los poderosos;
la abrupta necesidad de tener que huir para salvar la vida,
bajo la amenaza cierta de los paniaguados y esbirros de la dictadura;
el amor de Matilde, que ha de ser la fuerza más importante
que mantenga al escritor en pie, en los peores y más atroces momentos,
en que no valía ni un centavo, y en que si de él hubiera dependido:
todo lo escrito, lo hubiera entregado al fuego;
los cantos de sirena del arte, que lo arrancan
de cuajo de la perfección, claridad y luz del horizonte de las llamadas ciencias exactas,
para precipitarlo en el mundo subterráneo
donde habitan y proliferan las criaturas de la noche,
el intramundo que es gobernado por la irracionalidad
que se sublima en la escritura y la pintura, pero que
a lo largo del siglo veinte encontró su máxima expresión
de horror en los campos de exterminio y
en el advenimiento de dictaduras que amenazaron con hacer tabla rasa del ser humano...
El escritor, a la hora del balance final- en el tiempo previo al hundimiento en la nada-
es consciente de esta contradicción imposible de resolver;
de cómo este potencial, que puede ser utilizado
para el desplegamiento del arte, para poder columbrar
un escorzo de lo absoluto, a la vez ha sido usado deliberadamente para destruir al hombre.
Sin embargo, cree haberse mantenido fiel
a la libertad espiritual, de rehuir las coartadas para asesinar;
de rechazar las justificaciones absurdas,
para pretender insertar la realidad, en un esquema preconcebido:
ha sido testigo insobornable y libérrimo de su tiempo,
y ha combatido en los frentes en que su conciencia
y su corazón no han sentido repugnancia
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