sábado, 30 de abril de 2011

Se apaga una luz de la humanidad.


El niño arrancado de la protección y seguridad del regazo materno;

el primer enfrentamiento con la cruda y brutal realidad,

que barre con la inocencia y la pureza;

el aislamiento voluntario en la biblioteca

y bajo la bóveda de la magna catedral de la física,

para tratar de mitigar la angustia por existir;

la semilla de la hiperestesia, poco a poco comienza a brotar

en un árbol gigantesco de compromiso social y humano, por el padecimiento del oprimido;

la evocación de la universidad,

no como una fábrica de producir profesionales en serie,

si no como la depositaria y salvaguardia del humanismo más acendrado;

el desprecio de la condición de revolucionario de salón,

y la asunción de una toma de partido en la palestra de la historia, en la trinchera de los pobres,

los pisoteados, los injuriados por los poderosos;

la abrupta necesidad de tener que huir para salvar la vida,

bajo la amenaza cierta de los paniaguados y esbirros de la dictadura;

el amor de Matilde, que ha de ser la fuerza más importante

que mantenga al escritor en pie, en los peores y más atroces momentos,

en que no valía ni un centavo, y en que si de él hubiera dependido:

todo lo escrito, lo hubiera entregado al fuego;

los cantos de sirena del arte, que lo arrancan

de cuajo de la perfección, claridad y luz del horizonte de las llamadas ciencias exactas,

para precipitarlo en el mundo subterráneo

donde habitan y proliferan las criaturas de la noche,

el intramundo que es gobernado por la irracionalidad

que se sublima en la escritura y la pintura, pero que

a lo largo del siglo veinte encontró su máxima expresión

de horror en los campos de exterminio y

en el advenimiento de dictaduras que amenazaron con hacer tabla rasa del ser humano...

El escritor, a la hora del balance final- en el tiempo previo al hundimiento en la nada-

es consciente de esta contradicción imposible de resolver;

de cómo este potencial, que puede ser utilizado

para el desplegamiento del arte, para poder columbrar

un escorzo de lo absoluto, a la vez ha sido usado deliberadamente para destruir al hombre.

Sin embargo, cree haberse mantenido fiel

a la libertad espiritual, de rehuir las coartadas para asesinar;

de rechazar las justificaciones absurdas,

para pretender insertar la realidad, en un esquema preconcebido:

ha sido testigo insobornable y libérrimo de su tiempo,

y ha combatido en los frentes en que su conciencia

y su corazón no han sentido repugnancia

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