
Ernesto Sábato. Primera Parte.
¡Existencia; existencia; existencia!:
algunas palabras brotan directas de los labios
del ser que nos habla de su dolor sin tiempo,
a través de las páginas de sus escritos;
algunas palabras, como las Parcas
que desenredan la madeja de la vida y la de la muerte.
Existencia desprolija y caótica;
lectura de los libros que apasionan y que
ayudan a vivir.
Recordar sólo lo que valga la pena
de ser recordado;
olvidar lo accesorio y subalterno;
recuperar las remembranzas
como ruinas de antiguas civilizaciones,
perdidas en medio de la selva.
Tristeza infinita, sin medida ni razón,
que no cabe en parámetros humanos;
presagio del hundimiento más radical
en la soledad y la nada.
La presencia de un padre,
que con su autoritarismo espartano,
imprime un sello de tristeza y melancolía
en el alma del escritor;
las huellas en el rostro de la madre,
mapa del territorio de aquel ser
sufriente, pero silencioso.
Un anciano sentado en un banco
de una plaza de Buenos Aires,
en el vientre de la monstruosa Babilonia,
en que se ha convertido su ciudad;
un anciano, que medita sobre el tiempo
ido para siempre, y que anhela un boleto de regreso,
que le permita retornar a la matria,
que dejó hace tanto tiempo, que ya ni recuerda.
La ciudad moderna,
amalgama de soledades irreductibles e irreconciliables,
unas con otras;
un viejo, que mira hacia su pasado,
y recuerda con dolor y amargura
los silencios, las ausencias entre padre e hijo.
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