
Divagaciones sobre el Mago de Oz
Tal vez sea un crimen, hablar en términos racionales de un libro como “El Mago de Oz”; tal vez, una mera pérdida de tiempo; tal vez, algo que no interesa a nadie, en los tiempos que corren, donde todo viene predeterminado por la industria del entretenimiento, con un mínimun de esfuerzo de parte del consumidor. Pero la tristeza y la pesadumbre me embargan, cuando pienso en los niños y niñas, que crecerán y envejecerán y morirán, sin haber conocido este tesoro de fantasía y de imaginación; cuando miro sus almas, que se han marchitado, prematuramente, al no mojarse con el agua del sueño y el ensueño; cuando les pienso como “hombres y mujeres enanos”, que sólo viven para estar conectados, y han perdido la inocencia prístina. Empero, me atrevo a nadar a las aguas de la divagación.
Todas las personas, estamos dotados de un cerebro, que nos sirve para conocer el entorno, la naturaleza, la historia, el universo; en fin, lo que llamamos realidad. Esta cognición, está incompleta si no es auto cognición; es decir conocerse a sí mismo: potenciales, capacidades, carencias, límites, fortalezas, virtudes y defectos; en suma, nuestra propia y personal condición humana, que es el humus de la trascendencia: poder ir a los demás con hambre y sed de comunión.
Pero el cerebro no sirve de nada, si no tenemos el valor de usarlo: no permitir que se llene de telarañas y polvo; que se atrofie por su desuso, o se estropee por su mal uso: no aceptar verdades preestablecidas; ni dogmas; ni preguntas formuladas por otros; ni respuestas que no encontramos, por y con nuestro esfuerzo; ni certezas anquilosadas; ni caminos trillados por otros pies; en fin, el valor de conocer, y conocerse; de contemplar lo que nos rodea; de aceptar nuestra mortalidad, sublime tributo de nuestro afán explorador, mezcla de Argonauta y Prometeo; teniendo que arrostrar todos los peligros y avatares de la existencia, la única que se nos ha ofrendado.
Mas el cerebro, el valor y el corazón, de nada sirven si me alejan del hogar: la tierra que me vio nacer, y que me recibirá cuando mi ciclo se haya cumplido; el alimento que me nutre del ansia de perseverar en el tiempo, y de aceptación de la muerte ; de permanecer y de cambiar; de ser y estar aquí y ahora, mas no por siempre; la quietud que necesito para escuchar los acentos que me rodean y me llaman, desde la lluvia hasta la sinfonía primigenia; la geografía, que reconozco como mi espacio y mi tiempo; donde están mis raíces; donde mis huesos deben descansar, o mis cenizas diseminarse con el viento; donde tengo que inventar la fuerza titánica para seguir adelante con la empresa de vivir, y descubrir el sentido oculto a la razón, la ciencia y la tecnología; y el habla de la calle, que es lo que cuenta a la hora de cerrar los ojos: escuchar y ser escuchado, antes de morir; donde están los seres que amo: a quienes no debo olvidar, ni abandonar, ni ofender, ni herir; a quienes me debo, y que me enseñarán el sendero que conduce hacia la humanidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario