jueves, 21 de abril de 2011

Divagaciones sobre el Mago de Oz


Divagaciones sobre el Mago de Oz

Tal vez sea un crimen, hablar en términos racionales de un libro como “El Mago de Oz”; tal vez, una mera pérdida de tiempo; tal vez, algo que no interesa a nadie, en los tiempos que corren, donde todo viene predeterminado por la industria del entretenimiento, con un mínimun de esfuerzo de parte del consumidor. Pero la tristeza y la pesadumbre me embargan, cuando pienso en los niños y niñas, que crecerán y envejecerán y morirán, sin haber conocido este tesoro de fantasía y de imaginación; cuando miro sus almas, que se han marchitado, prematuramente, al no mojarse con el agua del sueño y el ensueño; cuando les pienso como “hombres y mujeres enanos”, que sólo viven para estar conectados, y han perdido la inocencia prístina. Empero, me atrevo a nadar a las aguas de la divagación.

Todas las personas, estamos dotados de un cerebro, que nos sirve para conocer el entorno, la naturaleza, la historia, el universo; en fin, lo que llamamos realidad. Esta cognición, está incompleta si no es auto cognición; es decir conocerse a sí mismo: potenciales, capacidades, carencias, límites, fortalezas, virtudes y defectos; en suma, nuestra propia y personal condición humana, que es el humus de la trascendencia: poder ir a los demás con hambre y sed de comunión.

Pero el cerebro no sirve de nada, si no tenemos el valor de usarlo: no permitir que se llene de telarañas y polvo; que se atrofie por su desuso, o se estropee por su mal uso: no aceptar verdades preestablecidas; ni dogmas; ni preguntas formuladas por otros; ni respuestas que no encontramos, por y con nuestro esfuerzo; ni certezas anquilosadas; ni caminos trillados por otros pies; en fin, el valor de conocer, y conocerse; de contemplar lo que nos rodea; de aceptar nuestra mortalidad, sublime tributo de nuestro afán explorador, mezcla de Argonauta y Prometeo; teniendo que arrostrar todos los peligros y avatares de la existencia, la única que se nos ha ofrendado.

Mas el cerebro, el valor y el corazón, de nada sirven si me alejan del hogar: la tierra que me vio nacer, y que me recibirá cuando mi ciclo se haya cumplido; el alimento que me nutre del ansia de perseverar en el tiempo, y de aceptación de la muerte ; de permanecer y de cambiar; de ser y estar aquí y ahora, mas no por siempre; la quietud que necesito para escuchar los acentos que me rodean y me llaman, desde la lluvia hasta la sinfonía primigenia; la geografía, que reconozco como mi espacio y mi tiempo; donde están mis raíces; donde mis huesos deben descansar, o mis cenizas diseminarse con el viento; donde tengo que inventar la fuerza titánica para seguir adelante con la empresa de vivir, y descubrir el sentido oculto a la razón, la ciencia y la tecnología; y el habla de la calle, que es lo que cuenta a la hora de cerrar los ojos: escuchar y ser escuchado, antes de morir; donde están los seres que amo: a quienes no debo olvidar, ni abandonar, ni ofender, ni herir; a quienes me debo, y que me enseñarán el sendero que conduce hacia la humanidad.

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