jueves, 21 de abril de 2011

Mensaje de Momo: En el tiempo.



Un día cualquiera, cuando decidí vagar por los laberintos y las entrañas de la ciudad, sin urgencia, ni afán ni preocupación que me impelieran a acelerar el tranco, desemboqué en un anfiteatro, olvidado por los hombres. Allí, inexplicablemente, tuve la alegría de encontrarme con un viejo amigo, Michael Ende; a quien no veía hacía varios años, tanto que ya prácticamente le había olvidado, lo que no habla muy bien de la fidelidad de mis sentimientos. Pero, Michael, tal como aquella vez, me presentó a una pequeña llamada Momo; quien, aunque sabía que yo no tenía el talento necesario, y que usaría palabras de adulto para pregonarlo, me pidió, con la simplicidad de los niños, que transmitiera su voz. Esta reflexión, nace de esa petición.

Como primera advertencia, no es mi objetivo aproximarme a la periferia, siquiera, de la profundidad, densidad, altura de las meditaciones en torno a este tema clave en la ciencia, el pensamiento, la filosofía, la teología, plasmadas a través de la historia; tampoco, tengo la capacidad ni las fuerzas para intentarlo. Pero, debo cumplir el encargo de aquella pequeña…

¿Tenemos en verdad la capacidad de prestar atención a quien nos dirige la palabra, para poder captar su mensaje entrañable; el que una vez descifrado, permitirá darse a conocer en nuestra condición deprivada; seres prometeicos que, sin embargo, necesitamos comunión inter e intrasubjetiva; que nos vean, sientan, traten y toquen como a un semejante; otro que es igual a uno, en su diferencia tanto ontológica como metafísica, por cuanto estamos llevados por la misma corriente, hacia regiones desconocidas?. De suyo, se requiere tiempo para ello; pero uno cargado de contenido y sentido, de inmanencia y trascendencia.

Si no tenemos esa capacidad; o si nos percatamos que la tuvimos: ¿podemos mirar, en los entresijos; y tomar conciencia cuando perdimos ese don esencial, que nos humaniza tanto o quizás más que el desarrollo de cualquier artilugio, que nos diferencia de los “animales inferiores”, como nota constitutiva de lo humano?. Siendo un devoto de la cultura en general; y de la superior, en particular: no puedo ni pretendo negar su importancia; por lo demás, no es el punto en tela de juicio; más bien, ¿cuándo dejamos de vivir, para empezar a ser vividos por este dios tiránico, que no arrebata el aquí y el ahora, y nos convierte en un esqueleto, antes de expirar?.

Entonces, ¿qué sucedió con aquella persona que fuimos, que no sólo era capaz de ser taumaturgo, en la creación y recreación de infinitos mundos de fantasía, de inagotable fuente de inspiración para el perpetuo renacimiento de las más hermosas y simples ideas, que esconden tesoros de belleza que no se mustia?; encima, ¿ a dónde fue a parar la mancomunión que se daba entre los niños que fuimos, cuando éramos las y los artífices de una convergencia y entendimiento, de un encuentro en el juego, la aventura, la travesura, el deporte de vivir; en que no dejábamos pasar ni un gesto, ni un rasgo, ni un ademán, ni una señal, ni un síntoma, para comprender a quien estaba delante nuestro, y que es imprescindible conservar como “ un flor horaria”, para la genuina plenitud?.

Por cierto, si bien no pretendo negar las complejidades de nuestra personalidad, ni incurrir en seudo idealizaciones de la infancia, en un sentido de ignorar sus particularidades, hay que retrotraer a la fuente originaria, en la cual viene a mientes el imperativo de Cristo: “Sed como niños”. Pues bien, se trata de la simplicidad, que es anterior a la adulteración que sufre el nuevo miembro de nuestra comunidad a fuer de socialización, paradoja y contradicción; ya que si fuese entregado a merced de la naturaleza, quedaría excluido de dicho contacto, interacción y ulterior contrato social; pero que le arrebata la inocencia.

Para salir de este atolladero, cada nuevo paso tiene resonancias cotidianas. Por lo cual, emerge la pregunta que imposible de eludir: ¿Es inevitable que para moldearse y modelarse como ser humano, tengamos que aprender “que el tiempo es oro”, y que no se puede dilapidar?; ¿ qué una adulto, que se vanaglorie de tal, no puede ni debe pensar en el arte, la poesía, la música, los libros, en la meditación; en fin, en todo lo que nos ayuda a sobrellevar el peso de la finitud, tras el cual resplandece el Absoluto, por el cual clamamos, en brazos de la mortalidad?; y que, en sentido contrario ha de trabajar hasta que su cuerpo reviente; correr como demente de un lado para otro; pagar una cuenta aquí y otra allá, ir de un evento social a otro; sobre todo, que tenga la certidumbre de que se la ha sacado el jugo a los segundos, los minutos, las horas, los días, las semanas, los años; y así en un frenesí, que solamente puede anunciar el advenimiento de la más terrible deshumanización.

Entonces, ¿para qué voy a escuchar, con el compromiso total de mi ser, a pesar de la fragilidad de la carne, y de la invisibilidad de Dios, a quien suplica mi atención íntegra e integral, si debo trabajar para acumular bienes materiales, como un imperativo ineluctable, social, mental, ideológico para ser calificado de exitoso; si tengo que cumplir con toda la agenda establecida para la semana- de lo contario corro el riesgo de que me califiquen como recurso prescindible, o me apliquen el eufemismo de “ necesidades de la empresa”, para olvidarme y alejarme- ; si debo retornar a casa, cuando mis pequeños ya duermen, sin haber compartido con ellos y ellas la riqueza de su infancia, hasta un extremo atroz, en que algún día me abandonarán como yo a ellos, pues no es posible esperar amor si no se da antes; y que se ha de notar tanto en pequeños detalles, como en las grandes acciones, que entretejen la arquitectura de nuestro biografía, y de las y los que no rodean?.

Para poner fin a esta pobre divagación, especialmente, anhelo preguntar y preguntarme en voz alta:¿ quién nos ha robado el tiempo; ultrajado nuestra dignidad de persona; resecado el hontanar de lo que realmente importa para vivir, amar y ser amado; secado las manos, como si fueran hojas muertas; evaporado las lágrimas de amor o placer, o de indecible tristeza, en un ciclo de agua, que se pierde en la nada; convertido la fisonomía de un nuevo día, en el rostro tumefacto de un cadáver. Y, la respuesta, hay que buscarla en las profundidades del propio corazón, y albergar la esperanza de que mientras el alma no se haya agostado: siempre podremos regresar, por el trillado y querido sendero, hacia el hogar, donde somos recibidos, acogidos, invitados a la mesa, se comparte el pan y el vino con nosotros; se calma nuestra fatiga; se silencian nuestras penas; se restañan las heridas; y volvemos a ser como niños; y el tiempo recobra su pureza y plenitud.

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