
¿Acaso puedo saludarla, y
juntos dar la bienvenida a un nuevo día?;
y bucear en las reconditeces de sus secretos,
de sus misterios, de su intimidad;
y estrechar su mano, para demostrarle
que compartimos la misma frágil condición,
y que moriremos tarde o temprano;
y hacerle entender que dentro suyo
hay un templo donde mora la divinidad,
lo que no puede ni debe perecer;
y abrazarle como si fuera un semejante
que acudiera a la puerta de mi hogar,
a encontrar lo que la sociedad le he negado
con pertinacia: humanidad, entrañable humanidad;
y brindarle un vaso de agua, para que sacie su sed de vida,
que no tiene que ver con circuitos,
con algún software,
o quizás un hardware;
y conversar sobre los temas que agobian el alma,
que aprietan el corazón, que impiden respirar;
y saber de su búsqueda de lo Absoluto,
entre la basura, el fango, la miseria, la servidumbre, la depravación,
el aplastamiento de las flores,
pero que por su aferramiento
a la utopía se salvará de caer
en el Leteo;
y juntos salir tras los pasos
olvidados y perdidos de los profetas,
tras la esperanza de que la angustia
que rebulle adentro, se aquiete alguna vez;
y decirle que no debe buscar amor
, o, peor, amar, a través de una pantalla;
y que debe levantar su vista al costado,
para encontrar al otro que es igual a uno,
y acercarlo a lo más sagrado del propio ser;
y que la comunicación se hace
con quienes nos rodean, aquí y ahora,
no separados por fronteras virtuales,
por cuanto son fantasmas virtuales;
y que la fe no es pensar que puedo
publicar un texto, y que otros y otras lo etiqueten o compartan,
sino luchar por un pequeño
y modesto valor en mi mundo, que es nuestro;
y que el advenimiento del Paraíso,
no destella en las luces irreales,
sino en el día y en la noche de los ojos amados.
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