jueves, 28 de abril de 2011

Lo que no puedo hacer con una computadora.


¿Acaso puedo saludarla, y

juntos dar la bienvenida a un nuevo día?;

y bucear en las reconditeces de sus secretos,

de sus misterios, de su intimidad;

y estrechar su mano, para demostrarle

que compartimos la misma frágil condición,

y que moriremos tarde o temprano;

y hacerle entender que dentro suyo

hay un templo donde mora la divinidad,

lo que no puede ni debe perecer;

y abrazarle como si fuera un semejante

que acudiera a la puerta de mi hogar,

a encontrar lo que la sociedad le he negado

con pertinacia: humanidad, entrañable humanidad;

y brindarle un vaso de agua, para que sacie su sed de vida,

que no tiene que ver con circuitos,

con algún software,

o quizás un hardware;

y conversar sobre los temas que agobian el alma,

que aprietan el corazón, que impiden respirar;

y saber de su búsqueda de lo Absoluto,

entre la basura, el fango, la miseria, la servidumbre, la depravación,

el aplastamiento de las flores,

pero que por su aferramiento

a la utopía se salvará de caer

en el Leteo;

y juntos salir tras los pasos

olvidados y perdidos de los profetas,

tras la esperanza de que la angustia

que rebulle adentro, se aquiete alguna vez;

y decirle que no debe buscar amor

, o, peor, amar, a través de una pantalla;

y que debe levantar su vista al costado,

para encontrar al otro que es igual a uno,

y acercarlo a lo más sagrado del propio ser;

y que la comunicación se hace

con quienes nos rodean, aquí y ahora,

no separados por fronteras virtuales,

por cuanto son fantasmas virtuales;

y que la fe no es pensar que puedo

publicar un texto, y que otros y otras lo etiqueten o compartan,

sino luchar por un pequeño

y modesto valor en mi mundo, que es nuestro;

y que el advenimiento del Paraíso,

no destella en las luces irreales,

sino en el día y en la noche de los ojos amados.

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