Un
ejemplo más de periodismo pornográfico: Al tenor de la tragedia de Juan
Fernández.
El periodismo, de haber sido considerado un poder más, ha devenido en un
apéndice de la maquinaria que preserva el status quo sociopolítico;
convirtiéndose en un segmento de la industria de espectáculo- probablemente un
fenómeno de alcances mundiales-.
Pues bien, ha abandonado- con las excepciones
de periodistas y medios que conservan su identidad y
mantienen la misión de informar a contrapelo de las órdenes de los
mandones, abusivos y dominadores de la sociedad - la trinchera desde la
cual luchara por los ideales que cimentaron la grandeza de Occidente,
desde el punto de vista de: la conquista de la libertad; el
reconocimiento de la dignidad de la persona humana, y sus derechos
consubstanciales; la carta de ciudadanía de la autonomía del
sujeto, y la consagración de la soberanía, y la autodeterminación de los
pueblos, como los ideales que cimentaron el carácter y moldearon el alma
de las democracias occidentales; aunque mucho de ello, todavía sea
“una grandilocuente y pomposa declaración de principios”, y que, a través
de la historia, haya sido un cuadro con más sombras que luces.
Hoy, por lo visto, les interesa cubrir noticias
que sean trágicas y devastadoras; y no hacer un análisis riguroso de sus
causas, ni darle su justa dimensión, ni contextualizar el dolor y el
sufrimiento de víctimas sobrevivientes, familiares; y, menos brindar un
tratamiento decoroso y discreto al tema de los fallecidos; por añadidura,
mientras más imbéciles sean las preguntas de quienes ejercen esta noble
profesión- parece que aquí también ha operado la producción en serie de
profesionales, merced a la lógica del mercado; y hablo de casos puntuales,
aplicables a Chile, y a los medios de televisión que aquí operan-; y mayor la
cantidad de lágrimas, más la sensiblería que exploten, más los detalles
escabrosos que den a conocer, más la machaconería con que repitan
una y otra vez las mismas imágenes, más el enfoque lacrimoso de los
sucesos: seguramente, mayor será la satisfacción de quienes consiguen
lucrar con las tragedias humanas- palabra comodín a la sazón- con el
negocio del espectáculo.
Ni hablar que detrás: se esconden la cobardía,
la complicidad, la censura y autocensura, la obediencia y sumisión al poder, el
afán de convertirse en medios de desinformación masiva, como un arma de
guerra ideológica; de hecho, también, se fijan, a rajatabla: las
coordenadas en que debe insertarse; a las cuales atenerse y cuyos límites
no puede sobrepasar, so peligro de sufrir la represión de las fuerzas de
seguridad, normalización y disciplinamiento que operan dentro de un
sistema y un discurso determinado: un caso reciente en Chile, ha sido el de
Panorama News, un sitio de periodismo liderado por el periodista Patricio Mery
Bell, que ha padecido las consecuencias de atreverse a desafiar la lógica
imperante.
En la reciente contingencia, acaecida en
Juan Fernández:¿Cuánto exacerbación de la pesadumbre, abatimiento, tribulación;
y cuánta sensiblería barata, puedo haberse evitado, si se hubiera tocado
con decencia, decoro, empatía, pudor, inteligencia emocional, y una
cuota mínima de sentido común los alcances e implicaciones del evento, tan
funesto y aciago?; es decir, darle un lapso suficiente y necesario, no ahondar
en la dimensión más patética o escabrosa; no bombardear con imágenes,
vistas una y otra, la conciencia del telespectador promedio, que no
tiene el umbral de discernimiento para cribar las noticias que recibe. El
resto de la reflexión, queda en manos de cada lector, a propósito de como
la pornografía moral y ética se ha enseñoreado del periodismo.
Y, especialmente, no olvidar que la
sociedad chilena viene despertado de un horror de 17 años de dictadura; y
un letargo de 20 años de concertación, y que nos encontramos
ad-portas del advenimiento de un cambio estructural; el que, l la clase
política y la oligarquía, intentarán abortar a todo trace, ya sea mediante el
expediente que han usado hasta la saciedado durante este período: el
manido predicamento de la lógica de los acuerdos- y no poner en el tapete la
ilegitimidad democrática del sistema-; o, en el peor escenario
concebible, sobre la base de horrores que ya hemos conocidos en
nuestro pasado, y cuyas huellas no se borran de la conciencia y memoria
colectiva, ni del alma nacional. Si es posible: dar sepultara a las víctimas;
recordar sus méritos y virtudes; y proseguir la empresa de democratizar
Chile.
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