Otra
vuelta de tuerca: Acerca del Día del profesor.
Es un lugar común poner de relieve que este día, ya no tiene entidad,
substancia, un nimbo de trascendencia; ni hablar que ello no
redunda en reconocimiento y gratitud para quienes coadyuvan a la concreción de
la empresa más importante, la más fundamental que cualquier sociedad pueda
acometer y dar cima: la formación de seres humanos, obra de arte superior en la
que comprometemos nuestro presente y nuestro porvenir como comunidad.
Cabe preguntarse la relación que existe entre la reputación y el prestigio de
que goza esta “profesión”; y la crisis de la educación, y sus
deletéreos efectos y consecuencias sobre el tejido social.
La sociedad, no se detiene a meditar sobre la importancia y trascendencia
de este oficio- hoy, esta celebración tiene el predicamento de cualquier otro
día; y quizás menos, por cuanto no hay detrás una maquinaria económica
que incentive el consumo-; tampoco, para aquilatar su influencia en la
creación de una ciudadanía activa, consciente, lúcida; por el contrario, la
corriente va en dirección a la negación del derecho a engendrar un
pensamiento escrutador: el fin último apunta a crear mano de obra barata;
y, a contrario sensu, cualificar a los futuros directivos de las diversas
empresas, dicho de otra manera, la vigencia descarnada de la lucha de
clase, aunque en versión 2.0.
Tiene ribetes de cuento de hada, o quizás de cuento de terror: hubo
una vez un país, en el que los y las docentes, eran arquitectos y artífices
de “procesos: actores y sujetos agentes, de primer orden, en los procesos
sociales e históricos de cambio y trasformación de la sociedad; intelectuales,
capaces de gestar conocimiento y elaborar una analítica de las estructuras del
sistema y su disfuncionalidad-; gestores y ejecutores de proyectos políticos,
sociales, culturales, ideológicos y filosóficos”. Sin embargo, la bruja mala de
la dictadura, y sus esbirros, no solamente lograron aniquilar a
generaciones de profesores de primera categoría, sino que ,además, lograron que
la historia no tuviera un final feliz: las escuelas normales, fueron
clausuradas; la pedagogía, se convirtió en el última instancia para
estudiar; los puntajes de ingreso a esta carrera universitaria, fueron
rebajados a los subterráneos; no importó, en absoluto, que quien se matriculase
para estudiar no tuviera ni la más mínima vocación, y es que algo tenía
que hacer; a algo debía dedicarse; y lo más barato, y al alcance de la
mano era esta carrera: estoy hablando de fines de los setenta, comienzo
de los ochenta; y la ulterior aceleración de esta dinámica, en un mercado donde
proliferaron las instituciones ad-hoc: era un negocio redondo en todo orden de
cosas- hasta ahora lo es-.
Ya Sábato, en uno de sus lúcidos textos, había denunciado, como
muchos otros, el proceso de deshumanización y despersonalización tanto de la
sociedad occidental como de sus universidades; de forma que era inevitable que:
esta mercantilización e industrialización, de apoderaran de los centros llamados
a conformar y a moldear a los docentes.
Por tanto, huelga decir que: el quid de la cuestión, es la cantidad de
“pedagogos” que se obtenga cada año, para atender las necesidades de
las distintos negociados que son los colegios subvencionados, que
han crecido como una metástasis, al amparo de las leyes espurias engendradas
por la dictadura y el mercado, en sangriento y abominable ayuntamiento,
en beneficio de los fariseos y filisteos que los dirigen, en
autoproclamada calidad de rectores; y, a medio morir saltando, los colegios y
establecimientos municipales, a cuya agonía asistimos impotentes: a partir de
la medida de la municipalización, ordenada e implementada a comienzos de
la década del ochenta, por los ingenieros sociales de la dictadura,
en pos de su extinción.
Por consiguiente, a menos que haya una mutación estructural que abarque
la totalidad del sistema, con alcances, implicaciones y resonancias
revolucionarias; y que se eleve el nivel cultural e intelectual del profesorado,
de manera superlativa, no solamente se perpetuará el basureo y ninguneo
de éste; sobre todo, no habrá injerencia en aquello a que están
convocados en virtud de la naturaleza de su quehacer: seguirán siendo
funcionales a la perpetuación de un sistema de dominación, explotación, control
mental e ideológico; de la esclavitud tanto física como del espíritu, así como
del aherrojamiento del ser: galeotes, que deben mantenerse en actividad
permanente, sin conciencia y auto cognición, ni contribuciones fundamentales
a la conquista y refuerzo y perfeccionamiento de la libertad
integral.
Siendo bien claro y explícito, sin embargo, me he dado cuenta de que
profesores y profesoras- con las salvedades y excepciones, que quiero creer,
paradójicamente, que son la mayoría de quienes trabajan en este ámbito- no se
esfuerzan demasiado por modificar este panorama: horrorosas faltas de
ortografía; redacción paupérrima; temas de conversación menos que
mediocres; expectativas y horizontes culturales e intelectuales que por
poco superan lo elemental; encima, un odioso clasismo contra los “ ayudantes de
la educación”; un trato discriminatorio contra los alumnos deprivados que
son el grueso de la población municipal, y de los cuales obtienen su sueldo;
la total ausencia de conciencia social y de solidaridad con la
clase trabajadora
Por ahora, sólo cabe constatar que: la pedagogía, no es más un
factor de liberación, ni un motor de cambio, ni un vehículo de revolución
de este siglo 21, del que ya llevamos un poco más de un década entre
fundamentalismos, guerras imperialistas, una globalización homicida que avanza
y se entroniza; y cuyos tentáculos aprietan y asfixian a cualquier país
que trate de separar aguas de la geopolítica y geoestratégica del imperio
que ha impuesto “la pax americana”; y que, en nuestro contexto,
tiene al país subsumido en la “ crisis de la educación”; y en la que
fueron los estudiantes universitarios y secundarios quienes gatillaron
esta lucha épica contra el reino de Jauja del neoliberalismo a ultranza, en que
se transformó Chile, merced a la perfecta ecuación entre la dictadura, la
concertación y la supremacía totalitaria del mercado.

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