sábado, 13 de octubre de 2007

En torno al sueldo ético

En torno al sueldo ético.
Un príncipe de la iglesia, ha puesto el dedo en la llaga; provocando un doloroso escozor en cuanto a que: Chile, se ufana de seguir el paso a las economías más desarrolladas; ha celebrado tratados de libre comercio hasta con los países más insólitos; ostenta un ingreso per cápita impresionante, que ubica a nuestro país entre los más aventajados en América Latina; y muchas otras bondades derivadas del reino de Jauja en que se ha convertido nuestra patria para el neoliberalismo desaforado; mas, tiene un sueldo mínimo, con el cual es difícil vivir con esperanza.
Pero no es casualidad ni accidente que haya sucedido lo que ha provocado un jalón divisorio y un punto de inflexión en la conciencia social y su devenir; ya que la Iglesia, tiene la autoridad moral, ética y religiosa indiscutible para pronunciarse una y otra vez sobre el tema y velar por los hermanos más pobres y desposeídos; no por voluntad de la divina providencia, sino por el establecimiento de un orden sociopolítico y económico, impuesto por los hombres en desmedro de sus hermanos, y que es fuerza y un imperativo perfeccionar; lo que, dimana de las Sagradas Escrituras y hunde sus raíces en la doctrina social que le es propia, y que comporta una definida orientación antropológica de un humanismo íntegro e integral, cuyo alfa y omega es Cristo Jesús.
Así, como ejemplo de lo anterior, no extraña que León Trece, en la encíclica Rerum Novarum, se haya pronunciado de la forma siguiente: “Los deberes de los ricos y patronos: no considerar a los obreros como esclavos; respetar en ellos, como es justo, la dignidad de la persona, sobre todo ennoblecida por lo que se llama el carácter cristiano. Que los trabajos remunerados, si se atiende a la naturaleza y a la filosofa cristiana, no son vergonzosos para el hombre, sino de mucha honra, en cuanto dan honesta posibilidad de ganarse la vida. Que lo realmente vergonzoso e inhumano es abusar de los hombres como de cosas de lucro y no estimarlos en más que cuanto sus nervios y músculos pueden dar de si.Tampoco debe imponérseles más trabajo del que puedan soportar sus fuerzas, ni de una clase que no esté conforme con su edad y su sexo. Pero entre los primordiales deberes de los patronos se destaca el de dar a cada uno lo que sea justo”.
Entonces, bajo ningún concepto, desde ningún punto de vista, un patrón puede tratar a un obrero o trabajador en general, como si no fuera una persona, merecedora de todas las consideraciones y miramientos en tanto ostenta la misma dignidad de hijo de Dios que él o ella; y que cualquier otra acción cae, inevitablemente, en el pecado, desde la negación hasta la explotación del hombre por el hombre, en lo cual se inscribe el sueldo mínimo que se paga a la sazón en Chile. Tal vez, un pequeño comienzo sería partir respetando a quien desempeña “la tarea más humilde” al interior de la empresa; y, a la sazón, aprender a agradecerle el aporte que realiza a la producción de la riqueza.
Y, también, su inolvidable santidad, Juan Pablo Segundo, que en la encíclica Centesimus annus, a fuer de relectura y actualización del documento anterior, vertió la siguiente mirada: “A continuación el Papa enuncia otro derecho del obrero como persona. Se trata del derecho al «salario justo», que no puede dejarse «al libre acuerdo entre las partes, ya que, según eso, pagado el salario convenido, parece como si el patrono hubiera cumplido ya con su deber y no debiera nada más»23. El Estado, se decía entonces, no tiene poder para intervenir en la determinación de estos contratos, sino para asegurar el cumplimiento de cuanto se ha pactado explícitamente. Semejante concepción de las relaciones entre patronos y obreros, puramente pragmática e inspirada en un riguroso individualismo, es criticada severamente en la encíclica como contraria a la doble naturaleza del trabajo, en cuanto factor personal y necesario. Si el trabajo, en cuanto es personal, pertenece a la disponibilidad que cada uno posee de las propias facultades y energías, en cuanto es necesario está regulado por la grave obligación que tiene cada uno de «conservar su vida»; de ahí «la necesaria consecuencia —concluye el Papa— del derecho a buscarse cuanto sirve al sustento de la vida, cosa que para la gente pobre se reduce al salario ganado con su propio trabajo»24. El salario debe ser, pues, suficiente para el sustento del obrero y de su familia”.
Cambiando lo que se debe cambiar: resulta increíble que dichas admoniciones, en la alborada del siglo veintiuno, cobren plena vigencia y actualidad…¿Es que acaso como plantea la Biblia, en le Eclesiastés, no hay nada nuevo bajo el sol”?: el sueldo mínimo- ni siquiera el ético que se piensa como una utopía- que se paga en Chile hoy día, no es suficiente ni alcanza para poder llevar una vida justa y humana; sobre todo que, si tenemos in mente el noble y superior propósito de prevenir y precaver “reventones sociales” ; y es que, por lo demás, desde la perspectiva de la recta razón, cabe reconocer sin rebozo que: no es solamente el empresario quien produce la riqueza; también y básicamente, el trabajador con el esfuerzo, el cansancio y el sudor cotidianos; por lo que se hace merecedor no sólo del sueldo ético, solicitado por monseñor Goic; además, tiene que participar, proporcionalmente, en la repartición de la ganancias registradas durante el año productivo según corresponda y sea factible: he aquí otro imperativo ético. A fortiori, debemos meditar y preocuparnos de encarnar las palabras de este magisterio. Como lo dijera Pablo Sexto, en “Populorum Progressio” : “Verse libres de la miseria, hallar con más seguridad la propia subsistencia, la salud, una ocupación estable; participar todavía más en las responsabilidades, fuera de toda opresión y al abrigo de situaciones que ofenden su dignidad de hombres; ser más instruidos; en una palabra, hacer, conocer y tener más para ser más: tal es la aspiración de los hombres de hoy, mientras que un gran número de ellos se ven condenados a vivir en condiciones, que hacen ilusorio este legítimo deseo”.

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