domingo, 14 de octubre de 2007

Refundar la democracia chilena.

Refundar la democracia chilena.
Algunas voces amigas, me han señalado que no es conveniente proseguir con el asalto sin cuartel contra el santuario de los políticos; y mantener un nivel de crítica tenaz contra el funcionamiento de la política en Chile; sobre todo y especialmente, en atención al hecho de que quienes participan de tal gremio, tienen la facultad y el poder suficiente, sin arrugarse ni temblar, de aplastar a un moscardón que los irrite demasiado.
Retomando el hilo central, sostengo, como lo he hecho en otros escritos, la necesidad imperiosa de refundar la democracia chilena, que no opera como debiera; pues separa profundamente a los hombres, por barreras económicas insalvables, por abusos y explotaciones de todo tipo que padecen los trabajadores. Aunque, como también lo he señalado en otros opúsculos, ni soy partidario ni se trata de colocarle un apellido a este sistema de gobierno; por ejemplo: bolivariana, socialista o revolucionaria; lo que, como proyecto de ingeniería social, ha fracasado en el transcurso de la historia; palmariamente durante el siglo pasado, con todo el saldo de dolor, sufrimiento, miseria, atrocidades, etc, para los inocentes, para los ciudadanos comunes y corrientes, para los que sufren en carne propia el amor fati de la historia; que no tienen nada que ganar, pero sí mucho que perder cuando se desata una guerra, de la especie que fuere y bajo el pretexto que se adujere; y que sigue siendo caldo de cultivo para experimentos ideológicos, que sólo engendran más pesares y pesadumbres, penurias y penalidades para la humanidad, de toda especie y magnitud.
Pues bien, me refiero a la utopía de la creación y consolidación de una democracia basada en la isonomía, piedra angular de la modalidad de gobierno gestada y consolidada por los griegos antiguos- en específico, los atenienses-, como dato fundante; es decir, la igualdad ante la ley.
Algún cínico oponente, podría aducir que: la sociedad ateniense se basaba en la esclavitud. Sin embargo, a contrapelo de las civilizaciones y los imperios orientales de la antigüedad, en los cuales quien ejercía la autoridad y el poder, tenía visos de divinidad: esta novedad sui géneris, sin precedentes hasta entonces, representa un adelanto un progreso, ya que instala el concepto referido como marco de referencia para regular la vida de y entre los habitantes de la ciudad.
Y la seudo-democracia chilena, está a años luces de la mentada condición sine qua non para que, efectivamente, exista: todos iguales no sólo en teoría; sino, sobre todo y ante todo, en la práctica cotidiana. De hecho, el mismo tratamiento y la subsecuente discriminación positiva que se establece entre una alta autoridad de nuestro sistema de gobierno, y un humilde ciudadano, envía un mensaje inequívoco, en el sentido de que el poder que ostenta lo lleva a divorciarse de la realidad, a encerrarse en un cápsula, y a ejercer el mismo con la arbitrariedad y discrecionalidad que no debieran estar presenten en quien tiene como primera prioridad el bien común.
Así, si establecemos un parangón con el Chile actual, no es compatible con la misma, ni aceptable como vivencia coherente y consecuente, que, por ejemplo, haya: una educación y una salud de primera, para un segmento social determinado; mientras que el resto- que es la inmensa mayoría-,se ve constreñido por la fuerza de las armas, o sencillamente por la inercia social- que mantiene sujeta a las masas- a conformarse con servicios que distan de parámetros de calidad internacional, o mínimamente válidos, para una vida digna. Luego, no hay igualdad ante la ley en términos reales; lo que refleja mundos que no tiene nada común entre sí. Me atrevería a aseverar que se trata de una escisión diametral e irreductible, que ha de mantenerse inamovible, a menos que se allane el camino al advenimiento de reformas estructurales profundas; y que de lo contrario, puede redundar en convulsiones y remezones sociales, de consecuencias insospechadas, si un grupo determinado sigue empeñado, en defender a todo trance, sus prerrogativas y prebendas, en desmedro de la calidad integral de vida de las grandes masas… O acaso alguno de los gurúes del postmodernismo, podría aguantar una jornada de trabajo, para luego tener que regresar en uno los buses del transantiago…
A raíz de los últimos hechos acontecidos, ha quedado de manifiesto la crítica y urgente necesidad de que se de un paso para acabar con la tiranía que ejercen la partidos políticos sobre la vida, la conciencias, los espíritus de hombres y mujeres que habitan esta tierra. No cabe ninguna duda que actúan como verdaderas mafias, que imponen la ley del silencio- Don Corleone resulta un bebe de pecho en comparación con los capos de éstas-; para encubrir los crímenes que pueden cometer, y que de hecho cometen, contra el patrimonio público. Y cuando uno de sus más preclaros miembros, por razones que pertenecen al ámbito del misterio, del remordimiento, del asco o la náusea, declara haber tenido injerencia, junto a otros conspicuos líderes de la concertación, en acciones que no son compatibles con la esencia de la democracia, que juraron defender y servir: lisa y llanamente, lo expulsan sin temblar ni demora alguna, a la usanza de las medidas tomadas por el dictador Stalin; guardando las diferencias naturales, para no herir susceptibilidades, ya que el Zar rojo era un tirano execrable, mientras ellos reconquistaron la libertad para nuestro pueblo, tan vapuleado durante la dictadura militar, aunque después la inmolaran a los ídolos del foro del mercado todopoderoso.
Por lo demás, tan rápido como se olvida cualquier contingencia acaecida durante el devenir cotidiano, ya nadie, prácticamente, tiene presente el hecho de que el cáncer de la corrupción provocó la expulsión de uno de los jerarcas de La Concertación de su partido, del cual fue uno de lo más egregios fundadores; y por cierto cara visible; y uno de sus reconocidos paladines.
A guisa de conclusión parcial: no se llegará al esclarecimiento de la verdad. Creo que nadie medianamente cuerdo, sensato y realista, lo pone en duda, ya que el poder del aparato del Estado es casi tan eficiente y omnímodo como el del capital; que nadie recibirá el castigo de ir a la cárcel por tal acto incompatible con el sistema de gobierno que dicen defender y representar, con cuyo nombre hacen gárgaras y se inducen vómitos, la democracia; tampoco albergar alguna duda sobre el predicamento referido, por cuanto se activarán los mecanismos destinados a operar una amnesia-¿Acaso no ha sucedido exactamente ello, en lo que se refiere al tema de los derechos humanos, que permanece como una grieta y un agujero sin fondo en la conciencia colectiva de nuestro pueblo?- para que olvidemos rápidamente, como les conviene aquellos que dicen hablar por nosotros y velar por nuestros intereses: los inefables “señores políticos”.

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