jueves, 28 de octubre de 2010

Divagación sobre el Mago de Oz.



Todas las personas, estamos dotados de un cerebro, que nos sirve para conocer el entorno, la naturaleza, la historia, el universo; en fin, lo que llamamos realidad. Esta cognición, está incompleta si no es auto cognición; es decir conocerse a sí mismo: potenciales, capacidades, carencias, límites, fortalezas, virtudes y defectos; en suma, nuestra propia y personal condición humana, que es el humus de la trascendencia: poder ir a los demás con hambre y sed de comunión.

Pero el cerebro no sirve de nada, si no tenemos el valor de usarlo: no permitir que se llene de telarañas y polvo; que se atrofie por su desuso, o se estropee por su mal uso: no aceptar verdades preestablecidas; ni dogmas; ni preguntas formuladas por otros; ni respuestas que no encontramos, por y con nuestro esfuerzo; ni certezas anquilosadas; ni caminos trillados por otros pies; en fin, el valor de conocer, y conocerse; de contemplar lo que nos rodea; de aceptar nuestra mortalidad, sublime tributo de nuestro afán explorador, mezcla de Argonauta y Prometeo; teniendo que arrostrar todos los peligros y avatares de la existencia, la única que se nos ha ofrendado.

¿Pero qué son el cerebro y el valor, si falta el corazón?. El músculo fundamental de la vida y el amor; el hogar del espíritu; la casa de la bondad; la mesa de la fraternidad; la puerta de la esperanza; el puente del encuentro; el perdón de sí mismo por todos los errores cometidos; el bálsamo de la reconciliación de los seres humanos; la hostia de la paz interior; el camino hacia el silencio y la soledad eternas; el abrazo del hermano ausente; la protección y el cuidado del otro, como un deber sagrado e irrenunciable; el recogimiento en el seno de la madre; el abrazo que brinda el padre; en definitiva, poder amar y ser amado.

Mas el cerebro, el valor y el corazón, de nada sirven si me alejan del hogar: la tierra que me vio nacer, y que me recibirá cuando mi ciclo se haya cumplido; el alimento que me nutre del ansia de perseverar en el tiempo, y de aceptación de la muerte ; de permanecer y de cambiar; de ser y estar aquí y ahora, mas no por siempre; la quietud que necesito para escuchar los acentos que me rodean y me llaman, desde la lluvia hasta la sinfonía primigenia; la geografía, que reconozco como mi espacio y mi tiempo; donde está mis raíces; donde mis huesos deben descansar, o mis cenizas diseminarse con el viento; donde tengo que inventar la fuerza titánica para seguir adelante con la empresa de vivir, y descubrir el sentido oculto a la razón, la ciencia y la tecnología- su ceguera, su sordera, su mudez-, y el habla de la calle, que es lo que cuenta a la hora de cerrar los ojos: escuchar y ser escuchado, antes de morir; donde están los seres que amo: a quienes no debo olvidar, ni abandonar, ni ofender, ni herir; a quienes me debo, y que me enseñarán el sendero que conduce hacia la humanidad.

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