Regresar a Ítaca, después de siglos errantes
de mares y tempestades y abismos;
de naves que se zamparon Escila y Caribdis;
con el paladar ahogado de vino de última cena,
y vomitando y eructando los efectos de la consagración;
y moribundo de cicuta de la meditación postrera,
condenado a e no escuchar la voz interior;
con el alma hecha pedazos por el tiempo inexorable
que no celebra ni se ríe ni perdona
las puestas en escena del teatro absurdo;
con las flagelaciones que sufre la materia
en manos de la energía que la desuella viva;
con el corazón descuartizado por Moloch,
que libó los símbolos y signos de la eternidad;
con los huesos cansados de pátina y humedad;
con los pies fatigados en senderos crepusculares,
que jamás acercaron al término de la travesía,
sino a más y más encrucijadas y andurriales;
con temblores y temores que aplastan los hombros del titán
destinado a sucumbir en miseria fisiológica;
con la mente cual viejo a punto de caer en la tumba,
con los sueños pulverizados por los pisotones de la turbamulta que enseñorea el mercado;
con la esperanzas marchitas por el tufo de alcantarilla de lo real;
con la espada que horada el pecho por donde se cuela la feroz obscuridad;
con las articulaciones agarrotadas por el reumatismo
del frío absoluto.
En fin, regresar a Ítaca para morir.
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