jueves, 21 de abril de 2011


La soledad del tiempo.

El designio inescrutable: recibir el don robado a la Nada,

no deseado por la carne trepidante,

abandonar la matriz donde se cuece la retorta del Tao,

fluye y refluye por venas y arterias siderales,

hasta el regreso al origen.

La ofrenda de la luz,

en manos de simples huesos

y carne,

que no soportan la levedad del absoluto relativizado en miseria.

Ya lo dijo Heráclito, en un río que lo arrastró a él mismo, y borró su rostro;

y Agustín, que sabía lo que era,

pero su palabra era paralítica y muda,

cuando trataba de explicarlo;

y Borges, como una metáfora de bibliotecas y laberintos,

que obsesionó el fuego de su obscuridad.

Un segundo, en esta corriente que avanza lenta, sin fatigarse jamás,

que descuaja y pulveriza los cubículos intangibles,

que derruye y arrasa las furias de la lucha entre la noche y el día.

Cuando abrimos los ojos a la fantasmagoría de otra alborada;

y el agua desprende las excrecencias oníricas de la locura;

madeja de incógnitas, desvíos, retrocesos, escondrijos, dioses y espantajos, monstruosos hallazgos;

cuando la otredad es una capaz de hielo imposible de quebrar;

y se fugan hacia otros horizontes los misterios del corazón humano,

y se pierden las palabras entre los taladros, los bocinazos, los gritos,

los celulares que reemplazaron a las bocas;

y los rostros se tornan sombras y recuerdos;

y la mismidad explota como una bomba anarquista,

único mensaje válido en el pandemónium 21,

nos damos cuenta que el tiempo es condena, cárcel, patíbulo, ejecución.

1 comentario:

p@mel@ dijo...

Supongo que es obra tuya...què màs puedo decir? Sòlo disfrutar con la relectura del mismo...