Escorzos de Ernesto Sábato. Tercera Parte
El desgarramiento primordial, que afecta el alma del artista, no se puede resolver con una concesión a los
falsos dioses de la ciencia y la tecnología.
El artista, experimenta espanto metafísico ante la posibilidad de radicalizar la evolución material de la humanidad; en circunstancias de que somos y seguimos siendo enanos en el plano del pensamiento, la meditación y la inteligencia de los arcanos de la existencia.
El artista observa, se alarma y sobrecoge ante el proceso de desacralización que ha sufrido el universo.
El "dios en la tierra", ha sido convertido en una pieza más dentro de la maquinaria del funcionamiento social, insignificante en su tamaño, su presencia dentro del todo, absolutamente reemplazable;
uno de los pocos absolutos, que han sobrevivido a la debacle en que el espíritu se ha hundido en la absurdidad,
una nao a la deriva por toda la eternidad.
El artista posee la lucidez, la honestidad, la independencia para no sumarse a los corifeos,
que cantan la gloria y esplendor de este nuevo Jehová, hecho de dólares, soledad, angustia, dolor, sufrimiento, discriminación, humillación, hollamiento de la dignidad del ser humano.
Aunque es una batalla que se libra para proteger lo más sagrado y santo que anida en el corazón del hombre,
y que el artista sabe que no tiene fuerzas ni vida para perpetuar esta lucha, apunta con su dedo la dirección, para que las nuevas generaciones no permitan que las banderas del espíritu queden en manos de aquellos que miden todo en función de la productividad y el rendimiento.
Ignoro si Ernesto Sábato ha fallecido;
si su cuerpo, ha sido devorado por el Hades:
sólo sé que cada contradicción o error de él,
por muy grave que fuese, y por mucho dolor que provocase en los seres amados entrañablemente,
alimentó a aquellos que buscamos el derrotero que nos acerque al plano donde comulgar en torno a la absoluto con el hombre,
sin la infamia y oprobio de utilizarlo para, luego, desecharlo en cualquier basurero, y conseguir un repuesto.
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