Reflexiones a partir de tres clásicos de la filosofía.
Me complace reflexionar, en sintonía con maestros antiguos del espíritu, la libertad, la sabiduría y el amor por el conocimiento y la verdad; y, sobre todo, amigos en la dimensión más noble y superior que encierra dicha palabra. Aunque, en sentido estricto, es más importante desarrollar las propias ideas y un pensamiento enriquecido- quizás- con esta tradición milenaria, pero cabeza de sí mismo; además de dejar claramente establecido que: tampoco se trata de rendir pleitesía a los clásicos, sino de tomarlos como un referente para meditar sobre el ser humano, y todo lo que implica y conlleva.
Según Sócrates, de acuerdo con el retrato que esboza Platón del mismo, resulta altamente conveniente el dudar del monopolio del saber; de hecho, quienes se aferran a una idea determinada; y no dan su mano a torcer: es seguro que están defendiendo sus prejuicios, a pesar de que se les ha demostrado que, al menos, hay asidero para poner en tela de juicio su tesis; menos aun, es factible esperar la apertura y amplitud, para comenzar a caminar en la dirección debida, hacia el alumbramiento, descubrimiento o develamiento de la verdad, en una dimensión universal.
A mayor abundamiento, cabe recordar el destino aciago de este hombre, que sólo siguió el acicate de su “daimon”, en el sentido de atender la voz de la conciencia que le empujaba a interrogar a los conciudadanos; y, especialmente a los poderosos de su época, no con el fin de probar la ignorancia de ellos; sino de comprobar si era cierto aquello de que él: era el más sabio de su tiempo, a fuer de un mandato de la divinidad, a través del oráculo de Delfos. Sin embargo, se granjeó el odio rabioso de cuanto político, artesano y poeta de su ciudad interrogó, con resultado de tener que- aunque heroica y noblemente- beber la cicuta, como consecuencia de una conspiración para acallar la filosofía… Aparte del hecho de que toda semejanza con la realidad actual, es mera coincidencia, me pregunto: ¿Qué diantres ocurriría si este “tábano” apareciera entre quienes rigen y tutelan nuestra existencia: nuestra elite política, tecnócrata, empresarial?... Sólo basta meditar que: cuando ha salido a la palestra un contradictor tenaz aunque inocente, aquellas personas, que no tienen nada que salvaguardar salvo su amor propio herido, son capaces de defender con contumacia su punto de vista; a fortiori, quienes ostentan una cierta majestad, probablemente, pensarán en exterminar al insecto que ha osado perturbar su mayestática ignorancia.
Otro auténtico pensador, cuya enseñanza dimana del pasado, y que sirve para iluminar y comprender mejor los recovecos de Dinamarca, de tanta corrupción, fetidez, descaro, violencia y abuso de todo tipo, es Epicuro.
¿Cuántos de quienes se encuentran entronizados, pueden sostener que: efectivamente, sí tienen amistades de verdad, amigos que los aceptan, los acogen y los aman como son- no por lo que son, ya diputado, ya senador, ya empresario, ya figura de la farándula-;y que les entregan todo el respeto, toda la aceptación, toda la valoración que, de otra forma, no podrían hallar, como dones que les serían, sistemáticamente, negados?.
Y, ¿cuántos, a su vez, de los mortales- y ahora incluyo, también a los simples- pueden decir que han reflexionado, a partir de la libertad,-aquí se produce y opera una dialéctica- para darse cuenta de que los terrores que los- nos- invaden y dominan acerca de la muerte, la enfermedad, el dolor, por nombrar tres de los fantasmas más tremebundos: son sólo imágenes que nuestro cerebro ha maquinado, para hacernos una trastada?. Claro está que para ello es preciso: no estar todo el día sometido a un ciego afán, ora un negocio donde vaya interesada la conquista de poder, o ora una empresa que consuma nuestra energía, ora la rutina que esclaviza y embrutece; y que nos arrebata de nosotros mismos, y nos impide tener un momento que puede ser el comienzo de un nuevo amanecer. Luego, es recomendable distanciarse de todo aquello que pueda privarnos de cultivo de la amistad, la libertad y la reflexión.
Pues bien, ¿qué piensan de estos modestos conceptos, quienes, dotados de un pragmatismo y ambición desmesuradas, han caído en la espiral de los deseos que no son necesarios y tampoco naturales, y que no tienen las herramientas como para poner coto a semejante desmesura; y que han trasformado sus vidas en una vorágine de actividades, de Lunes a Domingo, durante los 365 días del año?. Huelga decir que: como colofón de lo anterior, si sólo por un momento se tomara en serio el cúmulo de enseñanzas de Epicuro, la publicidad tendría sus días contados; ya que no podría pasar gato por liebre, en el sentido de que: no nos impelería, por ejemplo, a comprar un “todo terreno”, en circunstancia de que lo que anhelamos es la tríada que conduce a la felicidad.
El último maestro, al que deseo interrogar, y con quien anhelo dialogar, es Séneca; un pensador que tuvo la fatalidad de ser mentor de Nerón, y por cuya orden inexorable debió quitarse la vida; aunque ejerciendo la libertad propia de quienes no se humillan ni se arrastran ante los sátrapas que hacen ostentación de su imperio. Por ello, cabe formularse, sin ambages ni tapujos, la interrogante primordial: ¿Acaso la sabiduría, la reflexión y el ejercicio de la filosofía se compadecen con el rostro crudo y brutal del poder?; y, la respuesta emana con la claridad de un nuevo día que se despliega en lontananza.
Así, todos los seres humanos, debiéramos tener siempre presente que: cuando ganamos la calle, para iniciar una nueva jornada, nada ni nadie nos garantiza el retorno al hogar, al pabellón donde cicatrizamos las heridas infligidas por el día a día. Es que la Fortuna condiciona nuestro devenir, ya que nos puede arrancar de este universo en cualquier momento, sin nuestro permiso ni visto bueno para acometer el viaje final. Por ende, debiéramos tener la lucidez suficiente, para no dar nada por sentado, ni por seguro, ni por definitivo; menos, en virtud de la fragilidad de los castillos en el aire, de las pompas de jabón con que el hacedor de prodigios y ardides, pretende olvidar u ocultar la presencia y el gobierno de la finitud de la materia.
Por cierto, también es posible meditar sobre la riqueza: Si ha sido adquirida con medios virtuosos, puede ser una señal de distinción, grandeza y excelencia; aunque, obviadamente, no es ni puede ser la medida del verdadero valor humano, ni agotar su esencia y trascendencia; incluso, ni siquiera es condición básica para la felicidad- si así fuere sólo los millonarios gozarían de vidas o instantes felices, y el resto de la humanidad, estaría condenada a penar y a padecer por el planeta; lo que, evidentemente, no ocurre: no, por lo menos, respecto de que todos los pobres son infelices-.Pero lo más significativo es- a mi juicio-: estar preparados para perder los bienes materiales, con la misma naturalidad con que se asume algún avatar que acontece en una jornada; no ser presa de la angustia más desaforada, ni de la rabia más irracional, ni de la impotencia más acerba, ni de la frustración más estéril, por su giro, ya que es veleidosa en cuanto tal; de suerte que lo que ha sucedido, cabe dentro de su legalidad y su lógica: del absurdo, del azar, del accidente, de lo impensado e impensable, de lo imponderable; del descalabro que irrumpe, aparentemente de la nada, para hacer papilla todas las certezas que habíamos forjado en aras de otorgar continuidad y sentido a nuestra existencia.
¿Acaso un simple mortal puede extraer conclusiones que alumbren el derrotero de los demás hombres, sobre todo si se tiene in mente la portentosa tarea llevada a cabo por los predecesores? : Ciertamente, no. Sin embargo, queda como impronta la necesidad de atender la voz de la conciencia; de aplicar y respetar las leyes de la razón y la lógica; de aprender a aquilatar la amistad, la libertad y la reflexión; y, por supuesto, no humillar la cerviz ante la imparcial Fortuna.
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